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miércoles, 30 de noviembre de 2016

PIER PAOLO PASOLINI: Abro a la mañana de un blanco lunes...

Pajarracos y pajaritos. Dir PP Pasolini. 1966. 


Abro a la mañana de un blanco lunes
la ventana, y la calle indiferente
roba entre su luz y sus rumores
mi presencia infrecuente entre las hojas.
Este moverme... en días totalmente
fuera del tiempo que parecía consagrado
a mí, sin regresos ni paradas,
espacio lleno todo de mi estado,
casi prolongación de la existencia
mía, de mi calor, del cuerpo mío...
y se ha truncado... Estoy en otro tiempo,
un tiempo que dispone sus mañanas
en esta calle que yo miro, ignoto,
en esta gente fruto de otra historia

Versión de Delfina Muschietti

domingo, 13 de mayo de 2012

PIER PAOLO PASOLINI: "EL PODER SIN ROSTRO". EL VERDADERO FASCISMO Y POR LO TANTO EL VERDADERO ANTIFASCISMO




¿Qué es la cultura de una nación? Corrientemente se cree, incluso por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etc.; es decir, que es la cultura de la intelectualidad. Pero no es así. Ni tampoco es la cultura de la clase dominante que precisamente a través de la lucha de clases intenta imponerla al menos formalmente. Finalmente, tampoco es la cultura popular de obreros y campesinos. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clases: es el total de todas ellas. Y sería abstracta si no fuera reconocible -o, mejor dicho, visible- en lo vivido y en lo existencial, y si consecuentemente no tuviera una dimensión práctica. Durante muchos siglos, en Italia, estas culturas se han distinguido aunque históricamente hayan estado unificadas. Hoy -casi de repente, en una especie de Advenimiento- la distinción y la unificación históricas le han cedido el puesto a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué es debida tal homologación? Evidentemente a un nuevo Poder.  
 Escribo « Poder» con P mayúscula -algo que Maurizio Ferrara acusa de irracionalidad, en la Unità (12-6-1974)- , sólo porque no sé en qué consiste este nuevo Poder y quién lo representa. Tan sólo sé que existe. Ya no lo reconozco en el Vaticano, ni en los Poderes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. Tampoco lo reconozco ya en la gran industria, porque ya no está constituida por un cierto número limitado de grandes industriales: a mí, al menos, me parece más bien como un todo (industrialización total), y, además, como un todo no italiano(transnacional).  
También conozco -porque las veo y las vivo- algunas características de este nuevo Poder que aún no tiene rostro; por ejemplo, su rechazo de las viejas tendencias reaccionarias y del viejo clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar a los campesinos y a los subproletarios en pequeños burgueses, y sobre todo su anhelo, que parece cósmico, de llevar a cabo hasta el final el «desarrollo»: producir y consumir. 
La identikit de este rostro aún en blanco de este nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente: aunque también tiene rasgos feroces y sustancialmente represivos: la tolerancia en realidad es falsa porque la verdad es que nunca ningún hombre ha tenido que ser tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, éste encubre evidentemente una decisión de preordenarlo todo con una crueldad jamás conocida por la historia. De modo que este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a un «cambio» de la clase dominante, es en realidad -si queremos conservar la vieja terminología- una forma «total» de fascismo. Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a toda Italia: se trata, pues, de una homologación represiva, aunque se haya obtenido a través de la imposición del hedonismo y de la joie de vivre. La estrategia de la tensión es una señal, aunque anacrónica, de todo esto. 
 Maurizio Ferrara, en el artículo mencionado (así como también Ferrarotti, en Paese Sera, 14-6-1974) me acusa de estetismo. Y con esto tiende a excluirme, a encerrarme. Bien, mi visión puede ser la de un «artista», o, como pretende la burguesía, la de un loco. Pero, por ejemplo, el hecho de que dos representantes del viejo Poder (que ahora en realidad sirven, aunque interlocutoriamente, al nuevo Poder) se hayan atacado respectivamente a propósito de las financiaciones a los partidos y del caso Montesi, también puede ser una buena razón para hacer enloquecer: es decir, desacreditar tanto a una clase dirigente y a una sociedad, a los ojos de un hombre, como para hacerle perder el sentido de lo oportuno y de los límites, lanzándolo a un auténtico estado de sensación de falta de leyes o de organización social. Y hay que añadir que se tiene que tomar en consideración la visión de los locos: a no ser que se quiera ser muy avanzado en todo menos en el problema de los locos, limitándose cómodamente a sacárselos de encima alejándolos.  




Hay algunos locos que se fijan en los rostros de la gente y en su comportamiento. Aunque no como epígonos del positivismo lombrosiano (como toscamente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos, que los códigos producen el comportamiento, que el comportamiento es un lenguaje y que en un momento histórico en que el lenguaje verbal es del todo convencional y esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia decisiva.  
 Volviendo al principio de nuestra argumentación, me parece que hay buenas razones para sostener que la cultura de una nación (Italia por ejemplo) se expresa hoy sobre todo a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, más un cierto porcentaje completamente convencional y tremendamente pobre- de lenguaje verbal.  
 Es a dicho nivel de comunicación lingüística que se manifiestan: a) el cambio antropológico de los italianos; b) su completa homologación a un modelo único.  O sea, decidir dejarse crecer el pelo hasta los hombros, o cortarse el pelo y dejarse crecer bigote (al estilo novecentista); decidir ponerse una cinta en la cabeza o un gorro hasta los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o con un Porsche; seguir atentamente los programas televisivos; conocer los títulos de algunos best-sellers; vestirse con pantalones y camisetas rabiosamente de moda; tener relaciones obsesivas con chicas que se quiere tener al lado como adorno pero pretendiendo a la vez que sean «libres», etc., etc., etc.: todos éstos son actos culturales
Ahora, todos los italianos jóvenes cumplen estos mismos actos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; es algo tan viejo como el mundo, si se limita a una clase social, a una categoría; pero el hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir, por su cuerpo, a un obrero de un estudiante, a un fascista de un antifascista; lo que aún era factible en 1968.  Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligencija son distintos de los de un partido y de un hombre político, aunque a lo mejor la ideología sea la misma. Quisiera que mis actuales contradictores de izquierda comprendieran que estoy en condiciones de darme cuenta de que, en el caso de que el desarrollo sufriera un paro y se volviera atrás, si los partidos de izquierda no apoyaran al Poder vigente, Italia se desmembraría sencillamente; si por el contrario prosiguiera el desarrollo tal como ha comenzado, el llamado “compromiso histórico” sería indudablemente realista por ser la única forma de intentar corregir dicho desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al CC del Partido Comunista (ver L’Unità, 4-6-1974). De todos modos, así como a Maurizio Ferrara no le competen los rostros, a mí no me compete esta maniobra de práctica política. Como máximo, tengo el deber de ejercer quijotescamente y quizá extremísticamente mi crítica sobre la misma. ¿Cuáles son, pues, los problemas?  
Aquí tenemos uno, por ejemplo. Decía en el artículo que ha suscitado esta polémica (Corriere della sera, 10-6-1974) que los responsables reales de las tragedias de Milán y de Brescia son el gobierno y la policía italiana: porque si el gobierno y la policía hubieran querido, no habrían sucedido esas tragedias. Está claro. Y ahora quizá se burlarán de mí si digo que también nosotros los progresistas, los antifascistas, los hombres de izquierdas, somos responsables de esas tragedias. Porque no hemos hecho nada en todos estos años: 1) para que hablar de «tragedia de Estado» no fuera algo normal, y para que todo acabara; 2) (y lo más grave) no hemos hecho nada para que no haya fascistas. Sólo, los hemos condenado aligerando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuánto más fuerte y petulante era la indignación más tranquila quedaba nuestra conciencia.  
En realidad nos hemos comportado con los fascistas (y hablo sobre todo de los jóvenes) en modo racista, es como si rápida y despiadadamente hubiéramos querido creer que estuvieran racialmente predestinados a ser fascistas, y que ante tal decisión de su destino no hubiera nada que hacer. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, dentro de nuestra conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía volverse fascista, se trataba de algo puramente casual, no se trataba más que de un gesto irracional y sin motivo: quizá hubiera bastado una sola palabra para que aquello no hubiera ocurrido. Pero ninguno de nosotros nunca ha hablado con ellos ni se les ha dirigido. Inmediatamente los hemos aceptado como representantes inevitables del mal. Y a veces se trataba de muchachos y muchachas adolescentes de dieciocho años, que no sabían nada de nada, y que se habían lanzado a la horrible aventura simplemente por desesperación.  



Pero no podíamos distinguirlos de los otros (no digo de los Otros extremistas, sino de todos los otros). Ésta es nuestra pavorosa justificación.  
El padre Zosima (¡y se trata de literatura!) en seguida supo distinguir, entre todos los que estaban hacinados en su celda, a Dmitrj Karamazov, el parricida. Y levantándose de su asiento fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como le diría después al más joven de los Karamazov) porque Dmitrj estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el más inhumano de los dolores.  Piensen (si se sienten con fuerzas) en el muchacho o en los muchachos que fueron a poner las bombas en la plaza de Brescia. ¿No es como para levantarse e irse a postrar ante ellos? Seguramente eran jóvenes de pelo largo, o con bigotito al estilo de principios de siglo, llevaban cintas en la cabeza o gorros calados hasta los ojos, eran pálidos y presuntuosos, su problema era el de vestirse a la moda, todos igual, tener un Porsche o un Ferrari, o motos y conducirlas como pequeños arcángeles idiotas llevando detrás chicas decorativas y modernas, de esas que están a favor del divorcio, de la liberación de la mujer y del desarrollo en general... Eran jóvenes como todos los demás: nada los distinguía en ningún modo. Aunque hubiéramos querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. El viejo fascismo, aunque fuera a través de la degeneración retórica, distinguía; el nuevo fascismo -que es toda otra cosa- ya no distingue: no es humanísticamente retórico, es americanamente pragmático. Su fin es la reorganización y la homologación brutalmente totalitaria del mundo. 


Tomado del  "Corriere della sera" bajo el título “El Poder sin rostro". 1974.


 Imagenes del filme de Tinto Brass "Salon Kitty". 

miércoles, 8 de junio de 2011

OFICINA: CASI UN TESTAMENTO.


Pier Paolo Pasolini

INTELECTUALES RUSOS

Respecto a las condenas impuestas a los intelectuales rusos, me pronuncio en un estado de ánimo particular: el estado de ánimo de quien ha sido condenado por los tribunales italianos más o menos por las mismas razones (cuatro meses con la condicional por vilipendiar la religión, delito contemplado en un código aún fascista, en una de mis películas, La ricotta). Además, no me cuento entre aquellos que olvidan que, precisamente, los tribunales de Estados Unidos condenaron a Pound; y que muchos intelectuales norteamericanos han tenido que exiliarse por ser sospechosos de marxismo, es decir, de actividades contra el Estado. Claro que, para Rusia, el caso es más grave: no tanto por la severidad de las condenas cuanto porque el Estado, en lugar de autodestruirse, de acuerdo con la estupenda ideología de Marx, se consolida cada vez más, a través de la burocracia, el militarismo, la policía, etc. Eso que los chinos llaman revisionismo, dulcifica en definitiva la relación entre la producción (estatal) y los consumidores (funcionarios), pero no dulcifica en absoluto esa horrible institución que es siempre y en todas partes el Estado (el Poder).

CULTURA EN RUSIA

Muchos escritores rusos son amigos míos; y hacia muchos de ellos, además de amistad, siento aprecio. Pero me parece que la cultura oficial rusa (me refiero concretamente a la literaria) es ociosa, aburrida, sedentaria, conformista, sentimental y retórica. Evidentemente, igual que hay otra cultura norteamericana, supongo que habrá también otra cultura rusa. Sin embargo, no me gustaría que fuera la de Bulgákov.

CULTURA ITALIANA

Es una cultura de sedentarios, todos iguales entre ellos, todos pequeñoburgueses y todos integrados. Los católicos están orgullosos de su catolicismo; los laicos, de su laicismo. Las vanguardias son casos de esnobismo y (afortunados los vanguardistas, que siguen siendo tan ingenuos como para creer en estas cosas) ¡de poder literario! No hay que olvidar que Italia es, culturalmente, una provincia. Y no hay que olvidar lo que dice Goldmann respecto de la homología entre una sociedad y las obras literarias que produce. Hay algo de vida en el cine (que es, semiológicamente, un sistema de signos no nacional sino internacional; por lo tanto, los directores de cine están menos condicionados por la mezquindad de su mundo nacional que los escritores).

LOS GRANDES POETAS

En Italia, el poeta más grande es Sandro Penna (mientras que uno de los peores es Salvatore Quasimodo). De los norteamericanos me gusta el primer Ginsberg. Me gustan otros, recientemente fallecidos: Dylan Thomas, Machado y Kavafis.

POR QUÉ SAN MATEO

Estaba en Asís, hospedado por una comunidad religiosa, para asistir a un debate sobre mi primera película. Aquel día llegó sin previo aviso, a Asís, el papa Juan XXVIII, lo cual provocó un colapso circulatorio en la pequeña ciudad. Mi vi obligado a permanecer encerrado en mi habitación y a aplazar mi partida. En la mesilla de noche había un Evangelio. Empecé a leerlo, más bien por aburrimiento. Después de dos páginas ya había decidido que iba a rodar lo que al final sería mi Evangelio según Mateo. Fue, pues, un trauma, una iluminación repentina. Pero ahora sé que aunque hubiese hecho una elección razonada, no habría podido elegir otro que no fuera el Evangelio de Mateo. Éste es, en efecto, de los cuatro Evangelios, el más revolucionario.

¿ESCRIBO POESÍAS?

No, no escribo poesía desde hace dos o tres años. La verdad es que no me lo esperaba. Empecé a escribir poemas cuando tenía siete años, y he seguido escribiendo sin interrupción hasta hace precisamente dos o tres años. ¿Que por qué ya no escribo poemas? Porque he perdido el destinatario. No veo con quién dialogar utilizando esa sinceridad típica de la poesía, que llega incluso a ser cruel. Durante años he creído que existía un destinatario de mis confesiones o de mis testimonios. Pero ahora me he dado cuenta de que no existe; de que con los amigos no es necesarios expresarse a través de la poesía: se expresa uno existiendo. Las exageraciones, los excesos y las ideas de cada uno se expresan viviendo. La poesía necesita que haya una sociedad (es decir, un destinatario ideal) capaz de dialogar con el pobre poeta. En Italia no existe tal sociedad. Existe aún un buen pueblo simpático (especialmente allí donde no llegan los periódicos ni la televisión) y una pequeña élite de burgueses cultos y desesperados. Pero una sociedad con la que uno se pueda poner en contacto a través de la poesía no existe. (Lo digo porque un poeta ha de tener ilusión, pero cuando la ha perdido no debe figurarse que la tiene todavía).

RELIGIÓN FORMAL

Toda religión formal, en el sentido de que su institución se ha vuelto oficial, no sólo no es necesaria para mejorar el mundo, sino que incluso lo hace peor.

CREENCIAS MÁS PROFUNDAS

La religión tal y como ahora se nos presenta es un viejo fenómeno del mundo pastoril, campesino y artesanal, es decir, de un mundo no industrializado. En nuestro caso concreto, hoy en día, la religión es un fenómeno del Tercer Mundo. Un campesino indio o un pastor árabe son seguramente más religiosos que un burgués católico o un capitalista protestante.
(En Italia, en estos últimos cinco o seis años, las vocaciones religiosas han disminuido en un 50 por ciento. ¿Por qué? Porque Italia se va industrializando y el mundo campesino clásico va desapareciendo. No puedo dejar de observar, sin embargo, que las vocaciones han aumentado en Estados Unidos, precisamente el país más industrializado del mundo. Y no sólo eso: también los fenómenos beat, hippy, etc., son fenómenos de carácter religioso. Esto significa que el mundo industrial también está empezando a expresar su propio espíritu religioso, que sin embargo es sustancialmente distinto del clásico. La protesta, por ejemplo, sustituye a la aquiescencia y a la resignación; la libertad sustituye a la represión, etc., etc.).

VIETNAM

¿Qué se puede decir de Vietnam que no se haya dicho ya y que por lo tanto no sea estúpido? Yo soy uno de los que menos hablan de Vietnam. Por lo general hablo de Vietnam para decir que hay cosas peores que Vietnam. Por ejemplo la prensa conservadora y la televisión. Siento mucho respeto por los marines que Johnson (como en un sueño, dice Moravia) ha enviado a morir a Vietnam, pero me veo obligado a gritar: ¡Vivan los vietcongs!.

CASTRISMO

Suspendo toda opinión sobre el castrismo mientras no haya visto con mis propios ojos (o mientras no me lo haya testificado alguien digno de crédito) que en Cuba hay campos de trabajo y reeducación obligatorios.

COMUNISMO Y RELIGIÓN

La coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el 90 por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no sólo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.
La guerra fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.
Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del diálogo no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.
Por lo tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.
Para terminar quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).

PACIFISMO

No soy pacifista por naturaleza, sino por elección.

TEATRO Y CINE

Hay (y seguirá habiendo) maleantes que hacen cine y teatro comercial con el fin de entretener (y recaudar), y hay (y seguirá habiendo) imbéciles que hacen cine y teatro para educar (sin recaudar). En realidad, el cine y el teatro de autor no están hechos ni para divertir ni para educar.

UNA BUENA PELÍCULA

Sólo hay una cosa esencial en una buena película: el hecho de que en la pantalla pase algo real.

EL BIEN Y EL MAL EN EL ARTE

El arte es una concepción: es un sistema estilístico dentro de un sistema lingüístico. Es un mensaje dentro de un código. Esto conlleva muchos compromisos. Por supuesto, la forma más pura de arte es el silencio absoluto de los poetas que no escriben.

SUFRIMIENTO Y ARTE

A este respecto, yo no diría que sufrir sea necesario (porque si así lo hiciera estaría enunciando una regla y utilizando por lo tanto una retórica tranquilizadora), sino que es inevitable.

COMUNISTAS DE SALÓN

De los comunistas de salón pienso lo mismo que pienso del salón. Mierda.

EL MUNDO GIRA A LA IZQUIERDA

Nos podemos preguntar legítimamente dos cosas opuestas: 1) ¿Por qué el mundo está situado a la derecha [en el espectro político]? 2) ¿Por qué el mundo gira a la izquierda? No sé si en el futuro inmediato prevalecerá el permanecer a la derecha o el girar a la izquierda. En cualquier caso, se puede decir que en la derecha están, o estuvieron, Franco, Salazar, los coroneles griegos, los ultramontanos italianos, los neocapitalista ingleses y franceses incluso los más avanzados, Johnson, toda la América profunda y, además, todas las personas ricas del mundo (reyes árabes, maharajás indios, latifundistas sicilianos, etc., etc.; con sus siervos: intelectuales conservadores, democracia vaciada de contenido, intereses particulares) Van a la izquierda, en cambio, todos los pastores y los campesinos del Tercer Mundo (casi dos tercios de la humanidad), los negros de Estados Unidos, la Nueva Izquierda norteamericana, los hijos jóvenes de los capitalistas ingleses y franceses, un número insignificante de intelectuales y, aunque poco a poco, las clases trabajadoras del neocapitalismo mundial, incluidas las de Castilla y las de la región Ática.
A la cabeza de quienes se quedan en la derecha no hay nadie, excepto la horrenda cara de un anuncio publicitario que representa a un antipático y mierdoso bienestar; a la cabeza de quienes van a la izquierda están los vietcongs, vivos y muertos, los guardias-rojas y los muchachos de la Unión Soviética (que en estos momentos está parada).

EL CAPITALISMO

El capitalismo es hoy en día el protagonista de una gran revolución interna: se está convirtiendo, revolucionariamente, en neocapitalismo.
En contradicción con lo que decía antes, podría afirmar que la revolución neocapitalista se presenta como competidora de las fuerzas mundiales que van a la izquierda. En cierto sentido, ella también se sitúa a la izquierda. Y, hecho insólito, yendo (a su manera) a la izquierda tiende a englobar todo lo que va a la izquierda. Ante este neocapitalismo revolucionario, progresista y uniformador, se experimenta un inaudito sentimiento (sin precedentes) de unidad del mundo.
¿Y por qué pasa esto? Porque el neocapitalismo coincide con la completa industrialización mundial y con la aplicación tecnológica de la ciencia. Todo esto es producto de la historia de la humanidad: de todos los hombres, no de este o de aquel pueblo en concreto. Y de hecho los nacionalismos tenderán, en un futuro próximo, a nivelarse bajo la presión de este neocapitalismo esencialmente internacional. De modo que la uniformidad del mundo (que de momento sólo se intuye) será una uniformidad efectiva de cultura, de formas sociales, de bienes y de consumo.
Yo espero, naturalmente, que en la competición que he mencionado no gane el neocapitalismo, sino que ganen los pobres. Porque yo soy un hombre antiguo, que ha leído a los clásicos, que ha recolectado las uvas en los viñedos, que ha contemplado la salida y la puesta del Sol sobre los campos, entre antiguos y fieles relinchos, entre benditos balidos; que después ha vivido en pequeñas ciudades que llevan en su espléndida imagen la impronta de las edades artesanales, en las que hasta una casa de labranza o un murete son obras de arte, y un riachuelo o una colina son suficientes para separar dos estilos y crear dos mundos. (Por lo tanto, no me interesa para nada un mundo uniformado por el neocapitalismo, es decir, por un internacionalismo engendrado, mediante la violencia, por la necesidad de la producción y del consumo).

EL GENIO

¿Genio se nace o se hace uno? Ante todo se nace hombre. Después, en los primeros años de la infancia, se lleva uno tales sustos o experimenta tales dulzuras, que al final toda la vida acaba siendo determinada por éstas o aquéllos. Un genio (odio esta palabra) está determinado por los miedos o por las dulzuras (ambos extremos) que ha experimentado de pequeño. Lo de hacerse genio consiste en un ejercicio (tenaz, oculto, inconsciente, obsesivo e irrefrenable) dirigido a recrear las dulzuras infantiles o a levantar barreras contra los miedos infantiles.

LIBERTAD SEXUAL

¿Es la libertad sexual necesaria para la creación? Sí. No. O quizá sí. No, no, claro que no. Pero sí. No, mejor no. ¿O sí? ¡Oh, maravillosa incontinencia! (¡Oh, maravillosa castidad!).

MEJORAMIENTO DEL MUNDO

Un individuo solo que se proponga hacer algo para el mejoramiento del mundo es un cretino. En su mayor parte, los que trabajan públicamente para un mejoramiento del mundo acaban en la cárcel por estafa. Además, al final el mundo consigue integrar casi siempre a los herejes. Por ejemplo: las beatificaciones y las canonizaciones Admítase que se canonice a Juan XXIII: helo ahí integrado, convertido en una estampita, exorcizado. Y no hay duda de que Juan XXIII contribuyó a un mejoramiento del mundo. Pero si alguien le hubiese preguntado: Perdone, ¿usted contribuye al mejoramiento del mundo?, se habría reído del entrevistador, o a lo mejor lo habría mandado al diablo; y seguramente después habría dicho para sí, sonriendo: Hago lo que puedo.
En realidad, el mundo no mejora nunca. La idea del mejoramiento del mundo es una de esas ideas-coartada con las que se consuelan las conciencias infelices o las conciencias obtusas (incluyendo en esta clasificación también a los comunistas cuando hablan de esperanza. Así pues, una de las maneras de ser útil al mundo es decir clara y rotundamente que el mundo no mejorará nunca, y que sus mejorías son metahistóricas: se producen en el momento en que alguien afirma una cosa real o cumple un acto de valentía intelectual o cívica. Sólo la suma (imposible) de esas palabras y esos actos produciría un mejoramiento concreto del mundo. Y sería el paraíso y la muerte.
El mundo, por el contrario, lo que sí puede hacer es empeorar. Y es por eso por lo que hay que luchar continuamente: y luchar, además, por un objetivo mínimo, es decir, por la defensa de los derechos civiles (cuando se hayan obtenido a través de anteriores luchas). Los derechos civiles están constantemente amenazados, constantemente en peligro de ser suprimidos. Es necesario, pues, luchar para crear nuevos modelos de sociedad, en los que el programa mínimo de los derechos civiles esté garantizado. Por ejemplo, una sociedad auténticamente socialista.

COMUNISMO TRADICIONAL

Sí, el comunismo tradicional está acabado. Tres son las causas: el neocapitalismo con su nuevo modelo de civilización tecnológica; el Tercer Mundo, con su vieja sociedad campesina; y China, que quiere llegar a la civilización tecnológica sin pasar por la fase pequeño-burguesa.

LUCHA DE CLASES

Hoy en día, la lucha de clases ya no es la clásica (el último ejemplo es Cuba, cuya revolución es extraordinariamente parecida a la Rusa de 1917). ¿Qué ha pasado? Los trabajadores están cada vez más cautivados por la calidad de vida característica de la industrialización total y de la sociedad del consumo (con el mito de la técnica), mientras que los campesinos, que han participado en las guerras de liberación nacional en todas las ex colonias del mundo, tienen más conciencia social y de clase que en el pasado.

EL CATOLICISMO

Ahora mismo, el catolicismo está ocupado sobre todo en sobrevivir. Con la disminución de las vocaciones en un 50 por ciento y el cierre al apostolado de las antiguas colonias (recuerdo el episodio del bajo Sudán), la Iglesia católica ha entendido que para sobrevivir tiene simultáneamente que: a) ser la Iglesia del Tercer Mundo; es decir, volver a sus orígenes campesinos y pobres; y b) ser la Iglesia del mundo industrializado, capitalista o comunista, que tiene exigencias religiosas completamente nuevas. Son dos exigencias absolutamente contradictorias.

VIOLENCIA

¿Que si me siento atraído por la violencia en sí? ¡Qué pregunta tan difícil! ¿Cómo puedo conocer mi subconsciente? ¡Si lo conociera ya no sería subconsciente! El psicoanálisis nos ha legado la maldita costumbre de juzgarâ a los demás también por las tendencias de su subconsciente (¡como si fuéramos unos experimentados psicoanalistas!). Por ejemplo: a uno le atropella un coche, pobre hombre, y entonces todos salimos a coro: “Qué se le va a hacer, si le han atropellado es porque en el fondo él lo deseaba, así que ¡peor para él!. Conscientemente, puedo decir lo siguiente: que yo creo en el mito materno de la bondad y la indulgencia, y es este mito lo que yo querría realizar en mi manera de vivir. Por otro lado, son tantas las ofensas y los desengaños que este mito mío ha padecido en las experiencias reales de la vida, que no he podido evitar rebelarme, indignado.
Y dado que la indulgencia y la bondad, para ser tales, han de ser intrépidas (me lo decía mi madre, quizá no con las palabras, pero sí con el corazón), hete aquí que el indulgente y bondadoso, cuando se rebela, llega hasta el final. Así pues, la versión que yo doy de mi violencia es muy idílica: que se trata, en cualquier caso, de una violencia única y exclusivamente intelectual.

ATAQUE A PÍO XII

He atacado a Pío XII por las mismas razones por las que la Iglesia le ha atacado algunos años después (último acto: el relevo de su cargo del cardenal Ottaviani).

CINEASTAS FAVORITOS

Dreyer (plenitud sagrada de los rostros y los objetos); Buster Keaton (perfección formal); Murnau (la mejor película del mundo es La última carcajada); Mizoguchi (grande como Giuseppe Verdi), Renoir y Tati (los únicos que han sabido hacer poesía sobre la pequeña burguesía); Bergman (no el feudal, sino el burgués de Luces de invierno); Godard (¿cómo no amarlo?); el bueno de Fellini; y Charlot (los más grandes placeres del cine). Añadiré, para completar el cuadro, que no me gusta ninguno de los mitos de Cahiers du Cinéma, a saber: ni Hawks, ni Hitchcock, ni Ford. Y detesto a Eisenstein.

TEMAS RELIGIOSOS

Soy un marxista que elige temas religiosos. ¡Ésta sí que es buena! ¿Es que ahora existe también un monopolio de la religión? ¡He aquí la conclusión de cuarenta años de horrenda propaganda y de macartismo! Muchos de los hombres más profundamente religiosos de este siglo han sido comunistas. Pienso por ejemplo en Gramsci (el fundador del PCI). Ellos han luchado por puro altruismo y han dado a su vida un solo ideal (que sin duda alguna podemos calificar de ascético), por el cual han desafiado la cárcel, la tortura y la muerte. Entiéndase que cuando digo religioso no quiero decir creyente en una religión confesional.
Los comunistas son en efecto, casi todos, laicistas y positivistas. Pero el laicismo y el positivismos los han heredado de la civilización burguesa (la gran civilización burguesa que primero hizo la revolución liberal y después la revolución industrial). Lo que ha ocurrido luego es que, para el burgués, laicismo y positivismo se han mantenido inalterados (patrimonio, con todo, de una élite burguesa), mientras que el nacionalismo y el imperialismo, nacidos como consecuencia directa del capitalismo, han empujado muy pronto al burgués medio a las viejas posiciones clericales: a cultivar una religión de mero interés, hipócrita, estatal e incluso feroz (ver el clero zarista y franquista). Por lo tanto, y si acaso, la pregunta legítima no es: “¿Puede ser religioso un comunista?, sino: ¿Puede ser religioso un burgués?.

¿CREO EN DIOS?

Me he definido como no creyente desde los catorce años. Por primera vez, en estos últimos meses he concebido en cierto modo una idea, si bien inmanentista y científica, de Dios.
Cómo he llegado a ello es muy curioso. Siempre he tenido interés por los problemas lingüísticos, aun limitándome al campo de la lengua italiana, y en Italia paso por ser un lingüista interesante, si bien mal informado y excéntrico. Últimamente me he volcado con pasión en unas investigaciones lingüísticas sobre el cine. Era inevitable, pues, que recurriera a la semiología, ciencia según la cual los sistemas de signos son infinitos, y no sólo lingüísticos.
He llegado a la conclusión de que el cine, al reproducir la realidad, hace una perfecta descripción semiológica de ésta. Y que el sistema de signos del cine es prácticamente el mismo sistema de signos de la realidad. Por lo tanto, ¡la realidad es un lenguaje! ¡Lo que hay que hacer es la semiología de la realidad, no la del cine! Pero si la realidad habla, ¿quién es el que habla y con quién habla? La realidad habla consigo misma: es un sistema de signos a través del cual la realidad habla con la realidad. ¿No es espinosiano todo esto? Esta idea de la realidad, ¿no se parece a la idea de Dios?

GOLPES DE ESTADO

Tanto la intentona de golpe de Estado en Italia, en 1964, como el exitoso golpe de Estado en Grecia son acontecimientos que se han producido en el ámbito de la OTAN. En Italia se llevó a juicio a los periodistas de LEspresso que denunciaron ante la opinión pública a algunos de los responsables de dicha intentona. Sin embargo, el partido católico (democristiano) ha paralizado, con el apoyo de los socialistas, la investigación parlamentaria. Evidentemente, no existe la voluntad de dilucidar las responsabilidades internacionales.
Nosotros los intelectuales (en este asunto tan grave) hemos brillado por nuestra ausencia. Es cierto: en las cenas, en las reuniones, ponemos verde a nuestra clase política, a la burguesía en la que se refleja y, en general, a este pequeño, marginal, provinciano, indiferente y miserable país que es Italia. ¿Pero y nosotros? ¿Qué hacemos? ¿Acaso somos mejores? ¿Qué es lo que hace que estemos ausentes y mudos? ¿El miedo? ¿La prudencia? ¿La desconfianza? ¿La pereza? ¿La ignorancia? Sí, todo eso.

SUBPROLETARIADO

Lo que me atrae del subproletariado es su rostro, porque es limpio (mientras que el del burgués es sucio); porque es inocente (mientras que el del burgués es culpable); porque es puro (mientras que el del burgués es vulgar); porque es religioso (mientras que el del burgués es hipócrita); porque es loco (mientras que el del burgués es prudente); porque es sensual (mientras que el del burgués es frío); porque es infantil (mientras que el del burgués es adulto); porque es inmediato (mientras que el del burgués es previsor); porque es amable (mientras que el del burgués es insolente); porque es vulnerable (mientras que el del burgués es altivo); porque es incompleto (mientras que el del burgués es aquilatado) porque es confiado (mientras que el del burgués es duro); porque es tierno (mientras que el del burgués es irónico); porque es peligroso (mientras que el del burgués es blando); porque es feroz (mientras que el del burgués es chantajista); porque tiene color (mientras que el del burgués es blanco).

POBRES Y RICOS

Los pobres son reales; los ricos, irreales.

PABLO VI

Se dice que Pablo VI está en desventaja respecto a Juan XXIII porque éste era más simpático. Lo rechazo absolutamente. Sólo en un sentido superficial Juan XXIII era más simpático que Pablo VI. En realidad, si pienso en lo que significa simpatía (comunidad de sentimientos), me resulta más simpático Pablo VI, porque sufre de la misma manera que yo, y actúa de esa manera compleja, difícil de comprender, repleta de ímpetus y de contradicciones, típica de los intelectuales. Lo que hace simpático a Pablo VI es su atormentada inteligencia. El hecho de que no tenga cualidades externas como el encanto o, precisamente, la simpatía, despierta ternura.

KENNEDY

¡Oh, qué se puede decir de John F. Kennedy! Es la única persona poderosa, el único político del que me hubiera gustado ser amigo.

PROTESTA AMERICANA

Como ya he dicho tantas veces y en tantos lugares, yo no quiero ser italiano. Me gustaría ser estadounidense. Naturalmente, sería un estadounidense de la otra América. ¡Y por fin mi manera de protestar sería libre! ¡Absolutamente, totalmente, locamente libre! En Italia, incluso la protesta es conformista. La protesta liberal utiliza un lenguaje de liceo que apesta a cadáver; la protesta marxista está preconstituida como un formulario. ¡Mientras que no hay nada más hermoso que inventar día tras día el lenguaje de la protesta!

CINE Y REALIDAD

El sistema de signos del cine es el mismo que el de la realidad. Por ejemplo: estoy viendo la cara de un muchacho con el pelo muy muy rizado, unos ojillos rientes y una expresión cómica e inocente que parece amasada en su propia carne. ¿De qué se trata? ¿De un muchacho que tengo delante de mí realmente o de un primer plano que aparece en la pantalla? Sea lo que sea, me habla de la misma manera, y yo lo entiendo a través de los mismos signos. La verdadera naturaleza de ese muchacho se me presenta y expresa de la misma manera tanto en la vida real como en la pantalla.
Estoy hablando, claro está, de cine puro, no de manipulaciones comerciales (en las que todo puede estar falseado por el manierismo del director y de los actores¦, pero falseado hasta qué punto, me pregunto; la verdad, al final, ¿no acabará saliendo a la luz? Si el actor es un idiota que interpreta a un genio, ¿no acabará viéndose que es un idiota?). Para que el cine pueda hacer cosas nuevas tiene que estar lo menos manipulado posible, ya sea en el sentido de la comercialidad o ya sea en el sentido de la experimentación estilística: una película de Mekas y una de Hollywood están, ambas, igual de lejos de la realidad.
Y sólo la realidad puede ser, o ser vista, de manera distinta. Si un director tiene una idea nueva de la realidad, dirá cosas nuevas en sus películas.

A DE FILIPPO

Eduardo De Filippo es el más grande de todos los actores italianos. En sus representaciones, habla siempre en dialecto napolitano. Aunque él no lo sabe aún, tengo pensado escribir un texto teatral para él. De este texto teatral sólo sé de momento cuatro cosas: 1) que está hablado en napolitano; 2) que se titula Mandolini; 3) que la acción se desarrolla en China, entre campesinos y guardias-rojas; y 4) que el protagonista es un chino que finge estar muerto, y que despierta únicamente cuando está solo para charlar un rato consigo mismo, y que en una ocasión, para desentumecer las piernas, ejecuta un ballet acompañado por el sonido de las mandolinas. Probablemente, el hombre que finge estar muerto es el símbolo de mi opinión sobre el comunismo chino. ¿Resucitaré? ¿Ejecutaré un ballet al son de las mandolinas? ¿Borraré en mí todo signo de cultura, occidental u oriental, y recuperaré la virginidad cultural de los campesinos?

SISTEMA NORTEAMERICANO

Del sistema político norteamericano me gusta la forma de protesta que tolera, y que se puede resumir en una máxima delirante y maravillosa: Sólo la verdadera democracia puede destruir la falsa democracia.

Gente, 17 de noviembre de 1975

(1) Pelmazo.

sábado, 30 de abril de 2011

OFICINA: Nota al Usignolo della chiesa cattolica (Ruiseñor de la Iglesia católica)


Pier Paolo Pasolini

En 1943, cuando escribí el Usignolo, tenía veintiún años, pero era como si tuviera dieciséis. Al marcharme de Bolonia, el encuentro con el pueblo materno había hecho adoptar a mi bondad de adolescente la figura que la Iglesia pide a esos hijos suyos más píos que son los catecúmenos. No creía en dios, pero amaba, o, mejor dicho, quería amar la Iglesia. Sabía bien que Pascal había escrito en uno de sus Pensamientos -que habían sido ese año, junto con los Cantos del pueblo griego de Tommaseo mi livre de chevet- que se puede crear artificialmente un acercamiento a Dios yendo por prueba a la Iglesia. La Iglesia que yo había encontrado era la de un pobre pueblo friulano.
Todo terminó como debía terminar. De la conversión no se hizo nada. Habían pasado tres años, y ese Friul que había sido el nido de un virgen acabó transformándose en un establo, un prostíbulo. Ligado por una nostalgia que era vicio, ya no podía apartarme de él. El periodo de la santidad había terminado, había terminado la época en la que en mis cartapacios, bajo la cita del Asperge me hyssopo escogido como epígrafe, invocaba ser impuro para poder serenamente retornar a la pureza. El hecho es que todavía, hasta casi los veinticuatro años yo fui prácticamente virgen: después, cuando este estado tuvo finalmente la conclusión que debía tener, vi aún más lejos la posibilidad de encontrar -como me decía a mí mismo con mística hipocresía- la verdadera pureza. Al contrario, como he dicho, caí cada vez más profundamente en las delicias de la perdición. Ya no buscaba la gracia: y la alegría consistía en el placer de obedecer a los reclamos de una nostalgia viciosamente inmediata, de una sensualidad violentísima.
Pero Dios -mi conciencia, que estaba limpia para juzgar, y no tenía nada de ese aspecto paternal y moralista que se analiza en los refoulés, porque nunca han sido tal: mi educación doméstica, profunda e ingenuamente moral, no había tenido nada de aplicado y tampoco de religioso en el sentido de católico; mi estupenda mammaera la criatura más inocente, inofensiva y tímida de la tierra, la suya era una religión natural en el sentido más puro-, Dios, decía, continuaba su labor dentro de mí. No había ninguna razón por la que yo me condenase, puesto que no creía en Él, es más, lo detestaba... Sin embargo, yo en aquellos años, de recaída en recaída, en pleno jardín de Alcina, estaba siempre bajo sus ojos. Ésta es la situación del Dios que no amo.
Los instintos (puedo llamarlos así) religiosos que había en mí me llevaron al comunismo. Me equivoqué, caí. La contradicción no podía más que salir a la luz. No podía ser religioso a medias; y yo que siempre he remediado (con maneras casi de neurótico, a pesar de mi naturaleza serena y sana) cualquier mínima falta, cómo no iba a remediar semejante contradicción, semejante vocación empantanada en el compromiso. Volteado como un guante, expuesto como un cristo en la cruz... Para entender al pie de la letra Paolo e Baruch de 1949, por tanto, hace falta una clave: el lector puede imaginarla, o de lo contrario leer en estos textos sólo lo que es legible -y que importa-, el reconocimiento de mi pecado de soberbia (siempre ha sido así: yo, flor de modestia, siempre he acabado pareciendo, y en gran parte siendo, un soberbio); mi rendición frente al rey de Babilonia.
En 1950 -literalmente huido de Casarsa- vine a Roma, a vivir la vida de un desempleado, que se alimenta y duerme de limosna. En tales condiciones todo problema interior pierde interés y claridad; la identidad personal, como sucede en los momentos de extremo peligro o de (...), se disgrega... He perdido de vista a Dios.

viernes, 25 de febrero de 2011

OFICINA: Ladies and gentlemen.


PIER PAOLO PASOLINI

Hablando con Man Ray de mi película Los 120 días de Sodoma ha habido un punto en el que mi interlocutor no ha entendido. Man Ray es brillante, inteligente, presente. Su manierismo es fresco como hace cuarenta años. No hay ninguna razón en el mundo por la que él no pueda entender algo.
Pero más que falta de entendimiento había en él una oscuridad, un vacío. ¿De qué se trataba? Yo le había dicho que había ambientado la novela de Sade en 1945 en Salò. Era eso lo que él no comprendía. No lo entendía porque se le escapaba el hecho de que 1945 fuese un año especialmente significativo (el fin de una guerra: ¿y bien? ¿En 1918 no había acabado otra?), y, sobre todo, se le escapaba el hecho de que Salò hubiese sido la capital de una pequeña república fascista. Es más, incluso confundía Salò con salaud, con mi completa satisfacción, por otra parte.
¿Andy Warhol me habría entendido mejor? No sé si también Warhol, como Man Ray, es un admirador de Sade. Sus travestidos tienen un conmovedor atrevimiento que no es precisamente sadiano. ¿Pero para Warhol es significativo el año 1945, y la palabra Salò le dice algo?
Es una pregunta un poco decorativa, lo sé. Pero la hago porque en ella se aglutina una serie o, mejor dicho, una maraña de preguntas. ¿La historia, para Warhol, puede ser dividida? ¿Puede haber un momento en el que termine un modo de ser suyo y comience otro? ¿Puede haber una división histórica en el universo en que vivimos y, por tanto, en el pequeño universo concentrado y valioso en el que trabajamos? ¿Puede existir una línea divisoria entre los hombres? ¿Y en particular en sus conciencias? ¿Y más en particular aún en el terreno ideológico de sus conciencias? ¿Hay algo que pueda resquebrajar el todo único que la mente profanadora del artista -por puro juego- pone en discusión totalmente, ridiculiza o adora, venera o frustra? ¿Puede el fascismo romper algo en ese “todo único? ¿O, por el contrario, puede una revolución marxista primero separarlo a través de esa oposición fatal y total que es la lucha de clases, y después transformarlo hasta hacerlo desaparecer?
Un mensaje que desde Europa llega a América implica todas estas divisiones, estos desdoblamientos, estas oposiciones de la realidad: y es misterioso por eso. Al contrario, un mensaje que desde América llega a Europa implica indivisibilidad, homogeneidad, compacidad: proviene de una entropía. Y por eso es aún más misterioso.
Tengo ante mis ojos las serigrafías y algunas pinturas de Warhol. Mi sensación es la de estar frente a un fresco ravenés que representa figuras isocéfalas, todas, se entiende, frontales. Repetidas hasta el punto de perder su propia identidad y de ser reconocibles, como los gemelos, sólo por el color de su vestimenta.
El ábside de la catedral que Warhol construye y luego lanza al viento dispersándola en los muchos recortes de las figuras isocéfalas y repetidas, es, en efecto, bizantino.
El arquetipo de las varias figuras es siempre el mismo: perfectamente ontológico.
Es la calidad de vida americana que parecería ser el equivalente de la sacralidad autoritaria de la pintura oficial cristiana de los orígenes: es decir, proporcionar el modelo metafísico de cada posible figura viviente. A ese modelo no hay alternativas: sino sólo variaciones. El hombre americano es único, a pesar del pluralismo efectivo y reconocido. Es más fuerte, en definitiva, el Modelo que las infinitas personas reales que pueden pasar por la Calle 42 a las siete de una tarde de verano. Si además el ambiente «seleccionado» se restringe al «Golden Grape», nada puede oponerse al Modelo, de no ser unas variaciones reducidas al mínimo: una repetición obsesiva, la Obsesión. El nombre y el apellido de los travestidos no bastan, su filiación es irrelevante; ellos son absorbidos en la unicidad de la Persona que les prefigura, situándose junto a otras Personas arquetípicas en el cielo de la Entropía americana. Estamos frente al Travestido y a la restringida rosa de sus, aunque innumerables, variaciones. Cuando sepamos que uno de los Travestidos particulares se llama Candy Darling y ha muerto de cáncer en la clínica dando, el día antes de su fallecimiento, una fiesta en honor a las amigas-fiesta caracterizada por una descabellada cantidad de rosas blancas-, conoceremos un dato que nada cambia a la Persona apriorística y única de la serigrafía.


¿En qué consisten las variaciones? En dos órdenes o estratos de técnicas: a) la fotografía de los sujetos (aumento, estampado por serigrafía); b) la coloración del aumento. Como se ve, se trata de dos aplicaciones aplicadas una sobra la otra. Sobre la superficie blanca se hace estallar primero la realidad (física, psicológica, sociológica): y después, sobre sus últimos, deteriorados fragmentos, se pega el affiche fúnebre que lo fija en su instante inextinguible de pura vitalidad. La segunda operación es la más propiamente pictórica: las tintas acrílicas -también, no del todo matéricas- se disponen -sobre la superficie que contiene la fotografía dilatada- de una manera aparentemente casual. Pero no se trata de manchas, sino de recortes, pegados. La imprenta funde todo en una única superficie. La elección de las formas del «recorte pegado» y sus colores, se encomienda a una especie de inspiración calculada y casi automática. Las formas del recorte pegado juegan con las formas realistas de la fotografía -desdoblándolas, desequilibrándolas, exaltándolas- en superposiciones siempre desfasadas respecto a la anatomía pero siempre subordinadas a la anatomía (privilegiando los ojos, las bocas, los cabellos y los fondos). La remisión cultural más directa de tal técnica es a los carteles publicitarios y a los affiches formalistas, así como a detalles de la pintura fauve.
En cuanto al primer orden o estrato técnico -el de la fotografía- hay que observar que la fotografía parece siempre obsesivamente la misma; siempre frontal o en primer plano, nunca de perfil; siempre afectada, nunca natural; siempre a la manera Estrellas cinematográficas, nunca a la manera de lo cotidiano captado al vuelo. Esto quema la psicología: pero relativamente.
De hecho, los rasgos o las características personales hablan de por sí un lenguaje psicológico incluso y a pesar del esfuerzo por autoanularse (aun antes de ser fotografía o pintura) en un cliché humano. ¿El esfuerzo que hacen estos Travestidos para mostrarse triunfalistas no es de una veleidosa y conmovedora humanidad? Pero ellos no van más allá de este esfuerzo. Se entiende, el Distinto en su ghetto permisivo de New York puede triunfar a costa de no salirse de un comportamiento que lo haga reconocible y tolerable. La protervia femínea de estos varones no es más que la mueca de la víctima que quiere conmover al verdugo con una bufonesca dignidad regia. Y es esa mueca la que hace a todos estos Travestidos psicológicamente iguales, como dignatarios bizantinos en un ábside estrellado.
Por lo tanto, también el universo de Warhol es de algún modo doble, vive en un drama de oposición. Pero las que se oponen son dos ontologías: la ontología formal y la ontología psicológica. A una serie de manchas (recortes coloreados) cuya estructura está decidida apriorísticamente incluso cuando es parcialmente dejada al azar, se opone una serie de retratos fotográficos cuyo significado es igualmente apriorístico y predeterminado.
El mensaje de Warhol para un intelectual europeo es una unidad esclerótica del universo, en el que la única libertad es la del artista, que, despreciándolo sustancialmente, juega con él.
La representación del mundo excluye toda posible dialéctica. Es, al mismo tiempo, violentamente agresiva y desesperadamente impotente. Sin embargo, en su perversidad de juego cruel, astuto e insolente, hay una sustancial e increíble inocencia.

(Presentacion por la muestra de Andy Warhol en Ferrara, Palazzo dei Diamanti, octubre 1975)

(Tomado de www.pasolini.net)

martes, 25 de enero de 2011

OFICINA: ¿Se limitarán a ser inventores de slogans?


PIER PAOLO PASOLINI

Es cierto que mi primer libro, publicado en 1942, fue un libro de poesías. Y también es cierto que empecé a escribir poesías a los siete años de edad, en segundo de primaria (tengo ante mi vista, luciente, aquel cuadernillo de rayas, con mi mano que escribe los primeros versos, con palabras «elegidas», en cuanto a estilo sublimis: verdor, ruiseñor...), pero, quién sabe por qué, cuando pienso, indistintamente, en los inicios de mi carrera literaria, pienso en mí como en uno que «proviene de la crítica». Quizá porque en los albores de los años cuarenta, precisamente, mi mayor entusiasmo - que por otra parte era poético - lo dedicaba a los estudios de filología románica y a la historia del arte (la memorable serie de lecciones de Roberto Longhi sobre Masaccio). El hecho mismo de que mis primeros versos publicados (y todavía no repudiados), de adolescente de 18 años, estuvieran en friulano, demuestra que mi operación poética tenía lugar bajo el signo de una inspiración fuertemente crítica, intelectual.


Es por eso por lo que sigo considerando a los críticos unos colegas. Algunos seniores, otros juniores. Desde la fulminante tarjeta postal de Lugano con la que Gianfranco Contini anunciaba una inmediata crítica de mis primeros versos friulanos de 1942 (fue la primera y la mayor de mis alegrías como escritor) hasta las últimas críticas de la Religione del mio tempo de este año - Bo, Vigorelli, Citati... -, yo siempre me he sentido juzgado por colegas: y con toda la lealtad y la estima del caso. Al mismo tiempo, yo también he trabajado siempre en el «campo» crítico. Por lo tanto, debería ser encausado: sometido a análisis también yo. Como escritor, estoy incondicionalmente agradecido a la crítica italiana: siempre he sido verdaderamente leído, a menudo con pasión, con intensidad analítica. Éste es uno de los pocos lados buenos de mi vida-literatura, de mi literatura-vida. Hay algunas excepciones, pero he de decir sin modestia la verdad: se trata siempre de críticos quizá bastante oficiales, pero que carecen de real consideración en el mejor mundo literario; o bien de jóvenes poco claros; o, por último, de periodistas, no de críticos: son los periodistas divulgadores a sueldo los que han ocasionado mucha confusión sobre la valoración crítica de mi trabajo, creando unos contrastes críticos que, en realidad, no existen. Los contrastes son sólo, e interesadamente, políticos.
Éste es mi punto de vista de escritor, o sea de cuerpo vil. Y me disculpo si el cuerpo vil ha sido, en este pequeño informe, un poco demasiado corporal, o sea privado.
Como colega, o sea como crítico, en parte me identifico y en parte soy combativo, pero combativo hasta un desapego definitivo e irreversible, con la crítica coetánea. Porque con el crítico excesivamente apasionado se mezcla en mí, como diría un meridional (Uèh, carissimo!), el ideólogo. Y toda mi lucha ideológica se ha desarrollado contra el hermetismo y el novecentismo, bajo el signo de Gramsci. Por eso he acusado a mis contemporáneos de practicar una crítica de gusto, de comunión estética, para élites: casi como si los objetos de la crítica fuesen unos monstruos, unos casos de humanidad volcánica, privilegiada en las innovaciones lingüísticas debidas a angustia o felicidad no comunicantes. He acusado a mis contemporáneos de moralismo (los liberales) y de estetismo (los católicos), y ambos, moralismo y estetismo, presuponen un mundo inmutable (¡imaginarse, Italia!), definitivo, concéntrico, donde tuviese valor real una sola cultura: la de la clase dominante, a la que los literatos pertenecen endeblemente, anárquicos o serviles, angustiados o chovinistas, conformistas o desmelenados, abiertos (los liberales antifascistas) o cerrados (los católicos estetizantes, también ellos antifascistas).
Ahora está naciendo un nuevo tipo de crítica: el inducido por el neocapitalismo para las masas consumistas. Será divertido ver a la crítica volverse cada vez más abierta y accesible a imponer a las masas lo que las masas están predispuestas a que se les imponga. En este giro de cultura apriorística y preordenada los críticos se limitarán a ser inventores de slogans. Por ahora vivimos aún de los restos de la cultura agrícola y comercial: que explica ese rasgo clásicamente idílico que hay siempre en toda la crítica literaria, no sólo italiana, y también ese rasgo ferozmente pueblerino, provinciano, en las clases bajas.

sábado, 25 de diciembre de 2010

OFICINA: "LA IGLESIA, LOS PENES Y LAS VAGINAS".


PIER PAOLO PASOLINI.

La Iglesia sólo puede ser reaccionaria; la Iglesia sólo puede estar de parte del poder; la Iglesia sólo puede aceptar las reglas autoritarias y formales de la convivencia; la Iglesia sólo puede aprobar las sociedades jerárquicas en que la clase dominante garantice el orden; la Iglesia sólo puede detestar cualquier forma de pensamiento aunque sólo sea tímidamente libre; la Iglesia sólo puede estar en contra de cualquier innovación antirrepresiva (esto no significa que no pueda aceptar formas, programadas desde arriba, de tolerancia: practicada en realidad, desde hace siglos, no ideológicamente, según los dictámenes de una «Caridad» disociada -repito, no ideológicamente- de la Fe); la Iglesia sólo puede actuar completamente al margen de las enseñanzas del Evangelio; la Iglesia sólo puede tomar decisiones prácticas mencionando sólo formalmente el nombre de Dios, e incluso alguna vez olvidándose de hacerlo; la Iglesia sólo puede imponer verbalmente la Esperanza porque su experiencia sobre los hechos humanos le impide alimentar ninguna especie de esperanza; la Iglesia sólo puede (para llegar a temas de actualidad) considerar eternamente válido y como un paradigma su concordato con el fascismo. Todo esto se ve muy claro a través de unas veinte sentencias «típicas» de la Sacra Rota, tomadas de los 55 volúmenes de las Sacrae Romanae Rotae Decisiones, publicados por la Librería Políglota Vaticana desde 1912 hasta 1972.
No había necesidad de leer este florilegio para saber todo lo que antes he enumerado de forma sumaria. Pero sin embargo las confirmaciones concretas -en este caso la «vivacidad » involuntaria de los documentos- refuerzan las viejas convicciones tendentes a la inercia. Más que como lectura literaria estas «sentencias» presentan notables elementos objetivos de interés (como observa Giorgio Zampa que ha hecho el prefacio del volumen). Aluden con la violencia de la objetividad -o sea de la referencia a la matriz común- a toda una serie de situaciones novelescas:
Balzac («Emilio Raulier había decidido asociarse a un tal José Zwingesteiln, pero no tenía el capital preciso para ello...», «Si papá Planchut me diera la cantidad...»), Bernanos, o Piovene (Frida... se quedó huérfana de padre y madre siendo aún una niña y fue enviada a casa del abuelo, que le hacía de padre, quien la mandó al colegio de N. N. en donde estuvo hasta los quince años...»), Sologub (»Al ser muy rica, en cuanto pasó de la pubertad, muchos pidieron su mano al abuelo, entre los que se contaban algunos de rancia y noble familia...»), Pushkin (Los campesinos contemplaron boquiabiertos la pompa nocturna de la boda celebrada en la capilla privada de la finca, entre María y el subteniente Miguel en la medianoche del 8 de junio de 19...»), Pirandello, Brancati y Sciascia (Fascinada por la apariencia de Giovanni, joven de veintiocho años, católica y piadosamente educado, Renata, que tenía ocho años menos que él y que había sido criada según principios y costumbres liberales, se prendó de él..., «así que ella contrajo matrimonio para satisfacer su libido, y no pudiendo obrar de otra manera ya que él al menos desde el punto de vista formal era católico y practicante»).
Confieso que me he leído este libro como novelista o quizá como director de cine. La casuística es tal que desde luego no se encuentra cada día. Pero me he quedado escandalizado (en una lectura tan profesional) de ver cómo aparece la Iglesia a través de este libro. Por primera vez se revela incluso formalmente desvinculada de las enseñanzas del Evangelio. Ya no digo una página, es que ni una línea, ni una sola palabra recuerda, en todo el libro, aunque sea a través de una cita retórica o edificante, al Evangelio. Cristo no interviene para nada, es letra muerta. Sí, se nombra a Dios, es verdad; pero sólo a través de alguna fórmula (teniendo ante los ojos sólo a Dios, invocado el nombre de Cristo»), o poco más, pero siempre con inerte solemnidad litúrgica que no diferencia en nada estas «sentencias» de cualquier texto sacerdotal faraónico o suras coránicas. La referencia es sencillamente autoritaria y nominal. Dios no penetra nunca en el meollo de los razonamientos que hacen que los «auditores» anulen o confirmen un matrimonio, y por tanto tampoco en el juicio pronunciado sobre el hombre o la mujer que piden el «divorcio y de la muchedumbre de testigos y de parientes que representan su vida social y familiar. Lo que los jueces emplean es el código, ya está bien. Esto se puede justificar por el hecho de que el código es específico y especializado. Pero ese código nunca es leído ni aplicado cristianamente: lo que cuentan en él son sus normas, y se trata de normas puramente prácticas, que traducen en términos de sentido único conceptos irreductibles como, por ejemplo, «sacramento».
La llaneza lógica que se deriva es digna de los peores tribunales borbónicos (si se quita a los foros meridionales la pasión hirviente y el amor por el derecho aunque sólo sea formal). El horroroso tono gris eclesiástico carece tétricamente aún más de toda clase de «calor humano» que el borbónico. Los hombres, a los ojos de los jueces de la Sacra Rota, aparecen totalmente privados no sólo de toda inclinación al bien sino, lo que es peor, de toda vitalidad para cumplir el mal (o el no-bien). Conocidos desde siempre por sus debilidades, no presentan ninguna novedad. Su desesperado deseo de conseguir de la vida lo poco que pueden, quizá incluso a través de mentiras, hipocresías, cálculos, reservas mentales, etc. (todo ese instrumental que al fin y al cabo hace a los hombres hermanos) a los ojos de la Sacra Rota no merecen ser materia ni de meditación, ni de conmoción, ni de indignación. Los únicos acentos de indignación en todas estas sentencias son de carácter ideológico; es decir, que tienen como blanco la cultura laica y liberal y, naturalmente, y lo que es aún peor, la cultura socialista. Contra el fascismo se pronuncian palabras de condena, pero se trata de la condena objetiva que se pronuncia indiferentemente contra todas las debilidades humanas y los pecados. Fascismo y debilidades humanas forman parte, indistintamente, de una realidad, fundada sobre poderes instituidos, que parece ser la única que reconoce la Iglesia. Por otra parte estos jueces tampoco se dejan llevar nunca por arranques de simpatía o de aprobación. Los únicos casos, también en este sentido, son puramente formales. Se considera por ejemplo con simpatía y se aprueba a las personas que, socialmente, son consideradas como «católicas y observantes». Sobre este punto los jueces de la Sacra Rota no tienen recato: están dispuestos a cualquier disociación y a cualquier contradicción removiendo cualquier posibilidad de casuística jesuita (que parece su modelo lógico principal). Por ejemplo, una chica es impotente a causa de una contracción vaginal de carácter histérico. Esto los jueces lo saben: ¡y lo tienen en cuenta! Pero ni por un momento se les ocurre remotamente relacionar esa monstruosa forma de histerismo con la educación rígidamente católica que ha recibido esa chica en un colegio de monjas -por lo que habían tenido palabras de indiscutible elogio-. Por otra parte en una causa de nulidad matrimonial debida a la impotencia, esta vez, del cónyuge, no le escatiman a aquel pobre desgraciado ninguna de las más atroces condenas con que se marca, se margina, se lincha a un impotente, cuando dicha impotencia se debe a la homosexualidad. Parecen simplemente dispuestos a entregarlo a manos de un verdugo para que lo encierre en un lager, en espera de eliminarlo en algún horno crematorio o en alguna cámara de gas.
No se ha profundizado por su parte si por casualidad también él había estudiado en un colegio de curas (con la consiguiente represión sexual), no se han planteado si a lo mejor su tentativa de matrimonio tenía como finalidad mendigar un título de honorabilidad o de normalidad con la vecindad o quizá incluso la búsqueda ilusoria de una situación materna.
Tampoco se han planteado si se había casado por interés, por miserable cálculo (cubrirse la espalda haciéndose mantener, el pobre): no. Lo único que les ha interesado a los jueces es el puro y simple dato de su indignidad social: la maldición que lo coloca fuera de aquella realidad donde las debilidades humanas, los pecados y el fascismo encuentran una posibilidad objetiva de existir. Pero lo que más impresiona (escandaliza) al leer estas sacras sentencias, es la degeneración de la Caridad. He dicho que los que dictan estos textos nunca se refieren, sinceramente, a Dios y a sus razones: la Fe y la Esperanza tienen cabida sólo como fundamentos de reglas: fundamentos a los que no se acude nunca, confiriendo a las autoridades -es decir a santo Tomás o a alguna lumbrera de derecho canónico desconocida por nosotros- la responsabilidad normativa del hecho. En cuanto a la relación entre la Fe y la Esperanza y los códigos que se han creado (en este caso, los códigos que regulan las anulaciones matrimoniales, y que por tanto definen el matrimonio), los jueces no entran nunca en materia. Es cíerto que el plano puramente práctico en que actúan les podría permitir una justificación a este respecto: pero si en dicho plano práctico pueden ignorar la Fe y la Esperanza, lo que no pueden ignorar es la Caridad.
Y eso es lo horrible. La Caridad, que es el más elevado de los sentimientos evangélicos, y el único autónomo (puede haber Caridad sin Fe y Esperanza, pero sin Caridad, la Fe y la Esperanza pueden ser hasta monstruosas), queda degradada aquí a mera medida pragmática, de un qualunquismo y de un cinismo que resultan escandalosos. Parece como si la Caridad sólo sirviera para descubrir a los hombres en su más escuálida y atroz desnudez de criaturas: sin perdonarlos ni comprenderlos después de haberlos descubierto tan cruelmente. El pesimismo hacia el hombre terrenal es demasiado total como para consentir el ímpetu del perdón y de la comprensión. Arroja una confusa luz plúmbea sobre todo. Y no veo nada menos religioso y más repugnante que esto.



* 20 sentencias de La Sacra Rota, a cargo de Stelio Raiteri, con prólogo de Giorgio Zampa, Giorgio Borletti Editore. 1974.

«Tempo», 1 de marzo de 1974
(Tomado de www.pasolini.net. Palabra de Corsario)
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