sábado, 25 de diciembre de 2010

OFICINA: "LA IGLESIA, LOS PENES Y LAS VAGINAS".


PIER PAOLO PASOLINI.

La Iglesia sólo puede ser reaccionaria; la Iglesia sólo puede estar de parte del poder; la Iglesia sólo puede aceptar las reglas autoritarias y formales de la convivencia; la Iglesia sólo puede aprobar las sociedades jerárquicas en que la clase dominante garantice el orden; la Iglesia sólo puede detestar cualquier forma de pensamiento aunque sólo sea tímidamente libre; la Iglesia sólo puede estar en contra de cualquier innovación antirrepresiva (esto no significa que no pueda aceptar formas, programadas desde arriba, de tolerancia: practicada en realidad, desde hace siglos, no ideológicamente, según los dictámenes de una «Caridad» disociada -repito, no ideológicamente- de la Fe); la Iglesia sólo puede actuar completamente al margen de las enseñanzas del Evangelio; la Iglesia sólo puede tomar decisiones prácticas mencionando sólo formalmente el nombre de Dios, e incluso alguna vez olvidándose de hacerlo; la Iglesia sólo puede imponer verbalmente la Esperanza porque su experiencia sobre los hechos humanos le impide alimentar ninguna especie de esperanza; la Iglesia sólo puede (para llegar a temas de actualidad) considerar eternamente válido y como un paradigma su concordato con el fascismo. Todo esto se ve muy claro a través de unas veinte sentencias «típicas» de la Sacra Rota, tomadas de los 55 volúmenes de las Sacrae Romanae Rotae Decisiones, publicados por la Librería Políglota Vaticana desde 1912 hasta 1972.
No había necesidad de leer este florilegio para saber todo lo que antes he enumerado de forma sumaria. Pero sin embargo las confirmaciones concretas -en este caso la «vivacidad » involuntaria de los documentos- refuerzan las viejas convicciones tendentes a la inercia. Más que como lectura literaria estas «sentencias» presentan notables elementos objetivos de interés (como observa Giorgio Zampa que ha hecho el prefacio del volumen). Aluden con la violencia de la objetividad -o sea de la referencia a la matriz común- a toda una serie de situaciones novelescas:
Balzac («Emilio Raulier había decidido asociarse a un tal José Zwingesteiln, pero no tenía el capital preciso para ello...», «Si papá Planchut me diera la cantidad...»), Bernanos, o Piovene (Frida... se quedó huérfana de padre y madre siendo aún una niña y fue enviada a casa del abuelo, que le hacía de padre, quien la mandó al colegio de N. N. en donde estuvo hasta los quince años...»), Sologub (»Al ser muy rica, en cuanto pasó de la pubertad, muchos pidieron su mano al abuelo, entre los que se contaban algunos de rancia y noble familia...»), Pushkin (Los campesinos contemplaron boquiabiertos la pompa nocturna de la boda celebrada en la capilla privada de la finca, entre María y el subteniente Miguel en la medianoche del 8 de junio de 19...»), Pirandello, Brancati y Sciascia (Fascinada por la apariencia de Giovanni, joven de veintiocho años, católica y piadosamente educado, Renata, que tenía ocho años menos que él y que había sido criada según principios y costumbres liberales, se prendó de él..., «así que ella contrajo matrimonio para satisfacer su libido, y no pudiendo obrar de otra manera ya que él al menos desde el punto de vista formal era católico y practicante»).
Confieso que me he leído este libro como novelista o quizá como director de cine. La casuística es tal que desde luego no se encuentra cada día. Pero me he quedado escandalizado (en una lectura tan profesional) de ver cómo aparece la Iglesia a través de este libro. Por primera vez se revela incluso formalmente desvinculada de las enseñanzas del Evangelio. Ya no digo una página, es que ni una línea, ni una sola palabra recuerda, en todo el libro, aunque sea a través de una cita retórica o edificante, al Evangelio. Cristo no interviene para nada, es letra muerta. Sí, se nombra a Dios, es verdad; pero sólo a través de alguna fórmula (teniendo ante los ojos sólo a Dios, invocado el nombre de Cristo»), o poco más, pero siempre con inerte solemnidad litúrgica que no diferencia en nada estas «sentencias» de cualquier texto sacerdotal faraónico o suras coránicas. La referencia es sencillamente autoritaria y nominal. Dios no penetra nunca en el meollo de los razonamientos que hacen que los «auditores» anulen o confirmen un matrimonio, y por tanto tampoco en el juicio pronunciado sobre el hombre o la mujer que piden el «divorcio y de la muchedumbre de testigos y de parientes que representan su vida social y familiar. Lo que los jueces emplean es el código, ya está bien. Esto se puede justificar por el hecho de que el código es específico y especializado. Pero ese código nunca es leído ni aplicado cristianamente: lo que cuentan en él son sus normas, y se trata de normas puramente prácticas, que traducen en términos de sentido único conceptos irreductibles como, por ejemplo, «sacramento».
La llaneza lógica que se deriva es digna de los peores tribunales borbónicos (si se quita a los foros meridionales la pasión hirviente y el amor por el derecho aunque sólo sea formal). El horroroso tono gris eclesiástico carece tétricamente aún más de toda clase de «calor humano» que el borbónico. Los hombres, a los ojos de los jueces de la Sacra Rota, aparecen totalmente privados no sólo de toda inclinación al bien sino, lo que es peor, de toda vitalidad para cumplir el mal (o el no-bien). Conocidos desde siempre por sus debilidades, no presentan ninguna novedad. Su desesperado deseo de conseguir de la vida lo poco que pueden, quizá incluso a través de mentiras, hipocresías, cálculos, reservas mentales, etc. (todo ese instrumental que al fin y al cabo hace a los hombres hermanos) a los ojos de la Sacra Rota no merecen ser materia ni de meditación, ni de conmoción, ni de indignación. Los únicos acentos de indignación en todas estas sentencias son de carácter ideológico; es decir, que tienen como blanco la cultura laica y liberal y, naturalmente, y lo que es aún peor, la cultura socialista. Contra el fascismo se pronuncian palabras de condena, pero se trata de la condena objetiva que se pronuncia indiferentemente contra todas las debilidades humanas y los pecados. Fascismo y debilidades humanas forman parte, indistintamente, de una realidad, fundada sobre poderes instituidos, que parece ser la única que reconoce la Iglesia. Por otra parte estos jueces tampoco se dejan llevar nunca por arranques de simpatía o de aprobación. Los únicos casos, también en este sentido, son puramente formales. Se considera por ejemplo con simpatía y se aprueba a las personas que, socialmente, son consideradas como «católicas y observantes». Sobre este punto los jueces de la Sacra Rota no tienen recato: están dispuestos a cualquier disociación y a cualquier contradicción removiendo cualquier posibilidad de casuística jesuita (que parece su modelo lógico principal). Por ejemplo, una chica es impotente a causa de una contracción vaginal de carácter histérico. Esto los jueces lo saben: ¡y lo tienen en cuenta! Pero ni por un momento se les ocurre remotamente relacionar esa monstruosa forma de histerismo con la educación rígidamente católica que ha recibido esa chica en un colegio de monjas -por lo que habían tenido palabras de indiscutible elogio-. Por otra parte en una causa de nulidad matrimonial debida a la impotencia, esta vez, del cónyuge, no le escatiman a aquel pobre desgraciado ninguna de las más atroces condenas con que se marca, se margina, se lincha a un impotente, cuando dicha impotencia se debe a la homosexualidad. Parecen simplemente dispuestos a entregarlo a manos de un verdugo para que lo encierre en un lager, en espera de eliminarlo en algún horno crematorio o en alguna cámara de gas.
No se ha profundizado por su parte si por casualidad también él había estudiado en un colegio de curas (con la consiguiente represión sexual), no se han planteado si a lo mejor su tentativa de matrimonio tenía como finalidad mendigar un título de honorabilidad o de normalidad con la vecindad o quizá incluso la búsqueda ilusoria de una situación materna.
Tampoco se han planteado si se había casado por interés, por miserable cálculo (cubrirse la espalda haciéndose mantener, el pobre): no. Lo único que les ha interesado a los jueces es el puro y simple dato de su indignidad social: la maldición que lo coloca fuera de aquella realidad donde las debilidades humanas, los pecados y el fascismo encuentran una posibilidad objetiva de existir. Pero lo que más impresiona (escandaliza) al leer estas sacras sentencias, es la degeneración de la Caridad. He dicho que los que dictan estos textos nunca se refieren, sinceramente, a Dios y a sus razones: la Fe y la Esperanza tienen cabida sólo como fundamentos de reglas: fundamentos a los que no se acude nunca, confiriendo a las autoridades -es decir a santo Tomás o a alguna lumbrera de derecho canónico desconocida por nosotros- la responsabilidad normativa del hecho. En cuanto a la relación entre la Fe y la Esperanza y los códigos que se han creado (en este caso, los códigos que regulan las anulaciones matrimoniales, y que por tanto definen el matrimonio), los jueces no entran nunca en materia. Es cíerto que el plano puramente práctico en que actúan les podría permitir una justificación a este respecto: pero si en dicho plano práctico pueden ignorar la Fe y la Esperanza, lo que no pueden ignorar es la Caridad.
Y eso es lo horrible. La Caridad, que es el más elevado de los sentimientos evangélicos, y el único autónomo (puede haber Caridad sin Fe y Esperanza, pero sin Caridad, la Fe y la Esperanza pueden ser hasta monstruosas), queda degradada aquí a mera medida pragmática, de un qualunquismo y de un cinismo que resultan escandalosos. Parece como si la Caridad sólo sirviera para descubrir a los hombres en su más escuálida y atroz desnudez de criaturas: sin perdonarlos ni comprenderlos después de haberlos descubierto tan cruelmente. El pesimismo hacia el hombre terrenal es demasiado total como para consentir el ímpetu del perdón y de la comprensión. Arroja una confusa luz plúmbea sobre todo. Y no veo nada menos religioso y más repugnante que esto.



* 20 sentencias de La Sacra Rota, a cargo de Stelio Raiteri, con prólogo de Giorgio Zampa, Giorgio Borletti Editore. 1974.

«Tempo», 1 de marzo de 1974
(Tomado de www.pasolini.net. Palabra de Corsario)

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