miércoles, 30 de junio de 2010

JUGLAR DE LA DEVASTACION.


ALEJANDRO RIOS SOBRE SANTIAGO ALVAREZ EN EL NUEVO HERALD.

BUSCANDO "SUICIDIO AUTONOMO".

Hace algún tiempo tuve en mis manos una revista cultural catalana cuya temática central era el suicidio, "Suicidio autónomo". Muy buenos artículos sobretodo de literatura, cine y arte en general vinculados a este tema. No la he vuelto a ver y en la red no he podido encontrar nada sobre la misma, solo este texto extraído de La "Mandarina compartida" que a la vez fue tomado de S.A. Aquí lo pongo y espero encontrar algún otro número


SABADO

Hacer las compras; Leche, zumo, café, pan, los caprichos de siempre; un cuaderno, hojas, rotulador flúo (para remarcar el futuro).
Sábado, sin problemas en el horizonte, y la mejor idea, tomar algo en el bar, un café con leche que se enfría en espuma, que espera el azúcar, lo mezclo, la espuma se pierde, de blanco sucio pasa a color café con leche, obvio.
¿Cómo disfrazar la rutina para que no pese tanto?
Darle un nombre a los automatismos de la vida para no sentir la culpa de estos pequeños momentos de felicidad.
Y en los intervalos entre esos pequeños momentos la cabeza va de viaje, y llega, de improviso, a los territorios vacíos, oscuros, a los sinsentidos. Es entonces cuando la muerte se presenta amiga de todas las cosas: De las cosas vivas porque morirán, y las otras, porque son muertas, sin vida, inertes, permanecerán eternas. Rodeados de una animada muerte permanente, nos consume, consumimos.
Me tomo poco a poco el café con leche, medio frío, triste, marrón, se termina, acaba la función, vuelve a morir en mis entrañas para darme una pequeña calma de energía vital. La taza vacía, fría, está más fea.
Miro el cuaderno de nuevo, las palabras desordenadas buscarán una coherencia interna, una danza de ideas, una estúpida danza, sigue en blanco.
Sábado, ya sin café, sin rutina, sin ideas, la muerte me da vueltas, me organiza el pensamiento.
Primero; la muerte es siempre una dimensión ajena, es la muerte de los demás la que se me representa, muertes grandes, pequeñas, gloriosas, mediocres, como la vida msma. Ja, la única certeza, la sombra del pensamiento humano. En el orden del mundo y de las cosas, la muerte está organizada de manera tal, que su presencia tiene una institución propia, nos es ajena.
¿Quién decide?
Juguemos, a ver palabras, ¿qué es el suicidio? ¿un acto de valentía? ¿Uno de cobardía? ¿Una respuesta? Personalmente pocas veces he pensado en suicidarme, claro, ¿para qué? Preferiblemente mejor un café con leche, hacer las compras...
Bomm
¿Qué es lo que puede llevar a uno a tomar una decisión u otra, dónde está el límite? Nos han enseñado a amar la vida, a ser amigos, las flores, el amor, la primavera, el alma, bla bla
Tesoro de todos, respeto gritan los moderadores de la salud, del trabajo, de las buenas costumbres. El estado nos necesita fuertes, sanos, vivos, alienados, consumidos en su engranaje que nos mata poco a poco, pero sanamente.
-Por favor, tómate el café con leche, si no te vas a morir- dice el gran padre, (me voy a morir igual, no?) Me lo trago todo, tus leyes, tus dictámenes, tu educación, mi carrera hacia la nada, llenando vacíos imposibles desde mi finitud.
No, no me obligues, gran padre, me gusta el café con leche FRÍO, me gusta la cama, me gusta el amor, me gusta morir. Pero no me mates tan burocráticamente.
Me muero de hambre, me muero de ganas de llorar, de follar, de cagar. Me muero por un chocolate, por un beso, por tus ojos. Para mi desgracia me voy a morir con tantas ganas, tantos lugares que no voy a ver, tantos libros que no podré leer, tantas drogas que no probaré, me voy a morir tan insatisfecha. Cada minuto me muero, y no decido, ya olvidé el olor del amor, el sabor de las lágrimas, el tacto de tus manos en mi cabeza, eso ha muerto. Y yo morí con eso, me muero a cada minuto, cada vez más viva. Suicidio al fin, STOP. Ya fue.
Planifiquemos el suicidio perfecto, -señor otro café con leche, por favor- pido suplicante casi. Me lo trae, me mira como si estuviera frente a una masa de huesos y carne que ha volado a otro lugar, como si estuviera frente a una visión aterradora.
Mi vida y mi muerte me buscan en todo el bar, me encuentran, se sientan en la mesa, me quieren ayudar a planificar, como si las hubiese convocado a la cita. Se parecen bastante a mí, la vida es más linda, más pura, casi perfecta; la muerte tiene como una presencia más importante, es bella, misteriosa y cara de jodida mala leche, pero agradable.
El parecido me aterra, como dos espejos que me miran esperando alguna respuesta, ya está, la cita perfecta, planifiquemos.
Comienzo a hablar sin saludar, sobran las presentaciones, está sabido quién es quién:
-A ver, si la decisión fuera geográfica, -me encanta viajar- EN Roma sería perfecto, por ejemplo tirándome de la cúpula del Vaticano, salvando los problemas de vértigo y a los guardias de seguridad, puede que salga bien. Si fuera en Barcelona, me tiraría de la torre derecha de la Sagrada Familia, sinó de la izquierda-
-Para- interrumpe mi vida- ¿Quién te crees?-
-No sé, pero si el suicidio es un acto social, ya que yo soy un ser social ( ) ¿por qué no hacerlo en un monumento, adornándolo con este acontecimiento?, sólo se hace una vez en la vida.
La muerte se nos ríe en la cara, ella prefiere algo más íntimo, igual ya es una “estrella” –No quiero competencia- y con un gesto despectivo, se bebe un poco de café, y ríe.
Se me van las ganas organizadoras.
-Joder, uno puede morirse tranquilo- digo medio desesperada- Igual para qué organizar tanto, ya pasará-
-Sería oportuno mandar cartas de despedida- opina la vida
-¿Cartas? ¿A quién, a mis amores? ¿A mi infancia? ¿A mis fracasos? ¿A ti? ¿A ella?- lo digo y me recorre un sentimiento de tedio. No puedo verlas nítidamente.
Posdata: me aburre morir.
La muerte se pone seria, siente que pierde terreno. Claro, uno puede aburrirse de la vida, pero de la muerte... –No- grita ofendida- la muerte nunca es aburrida-
-La muerte algo divertido, el suicidio ¿A ver, cómo lo explicas?- diciendo esto ahora es la vida la que ríe.
Me duele la cabeza, el cuerpo, el café con leche, la luz, todo.
-Se ríe contigo muerte, no jodas- intento mediar un poco.
La muerte no quiere ni mirarme, esta vez se ha ofendido de verdad.
Ahora es sábado, me aburro y tengo un problema.
Dejo a mi vida y a mi muerte que se arranquen lo que puedan, yo me voy. Se acabó el café con leche, y tengo una rutina que disfrazar, un cuaderno por estrenar y un libro por leer.
Cuando encuentre el motivo viviré o moriré, da igual, que no me quiten un minuto más. Ya perdí mucho tiempo en mezclar cosas absurdas, si me muero bien, si no, también.
Pero eso sí, que no me roben mi decisión, mi pobre conciencia de felicidad, que no me enfríen el café con leche, que no me fastidien la vida, que no me roben mi muerte.
Es sábado, y acá se acabó el problema.El horizonte está nublado.

Texto: Mona (extraído de la revista Suicidio Autónomo)

lunes, 28 de junio de 2010

SARA GOMEZ, ESPIRITU INDOMABLE


Sara Gómez (1943 – June 2, 1974).

Por Sergio Giral.

Ser mujer y negra ha sido una condición social y económica desfavorble dada la naturaleza pre-establecidas en la mayoría de las sociedades tradicionales. Hoy dia los cambios sociales han generado figuras de este perfil étnico establecidas a niveles superiores de gobierno, media y finanzas. Generalmente cuando se escribe de un artista desaparecido se celebra su obra y se omiten aspectos inconvenientes a los intereses y puntos de vistas del escritor. Sara Gómez siempre ha sido expuesta en pequeñas crónicas como la directora de cine negra que logró demostrar su talento, pero se desconoce otras cualidades que definen su individualidad. Sara nació en la Habana en 1943, después de haber estudiado piano y periodismos y vivir unos años en la ciudad de New York regresa a Cuba y comienza su carrera cinematográfica en el ICAIC en 1961. Sara provenía de una familia clase media con presencia de músicso y profesionales, que luego mostrará en su documental “Guanabacoa Crónica de mi familia”. En aquellos primeros dias de la experiencia cinematográfica se imponía la búsquda de una entidad expresiva, para Sara el factor racial y social prevalecía sobre los demás y mucho más contando con una nueva sociedad que proponía a un “hombre nuevo”. Sara no se entregaba a este nuevo orden sin criterio personal y por ser. mujer y negra en un mundo de machismo blanco, su proposición de vida y trabajo sólo podía prevalecer por el talento y la inteligencia, ambas cualidades que Sara poseía. Recuerdo sus indagaciones en el mundo cultural del Negro cubano, que la llevaron a ampliar el espectro de investigacion a autores mundiales como Fanon, Aime Cesere y los etnólogos cubano Moreno Fraginal, José Luciano Franco, La Chatañeré entre otros. Sara abrazó esta su cultura ignorada y escondida y se propuso llevarla a un primer plano de autenticiad y criterio individual. Esta posición de la cineasta trajo como consecuncia que algunos de sus trabajos no fueran exhibidos y otros obligadoa a ser transformados. Autodeterminación y la capacidad de elegir eran cualidades que caracterizaban a Sara Gómez. Es interesante analizar el mundo de la mujer intelectual en esta etapa del desarrollo socialista en la isla. En aquellos años asomaba con vigor una corriente oficialista que con el tiempo se convertiría en dogmática. El temor a la censura desviaba a muchos a hacer conceciones temáticas y de estilo. Este no fue el caso de Sara Gomez, ella sabía discutir con la dirección de gobierno al nivel que las circunstancias la obligaran. Defendía sus posiciones y no la deponía por temor a ser marginada o prohibida su obra. Tenía la valentía que en algunos cienasta hombres no la vi tener. Sara siempre estuvo muy cerca de Tomás Gutierre Alea o mejor dicho, Alea siempre estuvo cerca de Sara tanto como de los otros cineastas negros del momento, Nicolás Guillén y yo. Asistí a discuciones entre Sara y Alea donde se apreciaba las diferencias de origen social y la visión del mundo Negro y sus avatares.


(Sara Gómez junto al DP Julio Valdés)

La pasión investigadora de Sara la hizo visitar Isla de Pinos, a la que el régimen bautizara Isla de la Juventud, por albergar a jóvenes en busca de trabajo o rehabilitación social. Sara y yo visitamos la Isla atraidos por el experimento y encontramos que la población original del lugar se replegaba a la presencia de estos forasteros en su mayoría desenfocados sociales. Más allá de esa primera impresión visitamos el Sur de la isla donde descubrimos el pueblo de Jacksonville. Para nuestra sorpresa nos encontramos en un “no man’s land” fuera de la juridicción del gobierno y de la cultura cubana. Los habitantes de Jacksonville eran de origen caimanero, súbditos ingleses, hablaban ingles y profesaban la religión presbiterana, todo muy lejos de las cultura cubana. Sara quiso llevar esta experiencia en su documental, La Isla del Tesoro y Una isla para Miguel, pero el tema no fue recibido con mucho agrado por la dirigencia y eliminado del documental. Poco tiempo después el gobierno tomó Jacksonville como base militar estratégica y los caimaneros fueron gradualmente abandonando el poblado. De esta experiencia demográfica creo que nada queda. En “Guanabacoa, Crónica de mi familia” Sara brinda una espectro genealógico de su propia familia que va desde los músicos clásicos hasta parientes populacheros , los más preferidos por la cineasta en este trabajo de poca difusión.. “Y tenemos sabor” es una joya didactica que recoge los estilos de la música popular cubana de raices africanas, sus instrumentso y estilos de baile. Con este documental Sara logra definir su teoría sobre la marginalidad y la cultura nacional. “Con cuatro hierros, y cuatro palos, formamos una rumba que no cree nadie!" expresa Miguel Angel Mesa, (Aspirina) y rompen los tambores y la clave en un resonar telúrico.



Uno de los trabajos más carectirísticos de Sara es “Mi Aporte”, un documental que recoge aspectos y criterios de la Zafra de los 10 millones impuesta al pueblo de Cuba, que representó la destrucción de la agricultura tradicional y con ella la economía del país.. El documental se basaba en entrevistas a mujeres que daban su aporte a la gesta azucarera, había de todo, desde la machetera millonaria que tumbaba caña con la fiereza de una Walkiria hasta la madre negra que no quería abandoanr a sus hijos para ir a la zafra, por miedo a que los niños se ahogaran en una zanja cercana. Sara termina su documental con la entrevista a una bella joven residente de una selecta barriada de la Habana. La joven expresa que no puede participar en el trabajo voluntario de la azafra porque su novio es muy celoso y no se lo permite. Sara le pregunta si lo va a dejar y la joven le responde que sí.
_”Entonces vas a hacer tu aporte a la zafra”, pregunta Sara y la joven reacciona con sorpresa y exclama
“¡No!“_
_ ¿Pero no me dijiste que lo vas a dejar?, pregunta Sara…
¡No hija, al novio no, a la zafra!.
El documental fue prohibido por la máxima dirigencia de la Federación de Mujeres Cubanas. Sara fue mi guía en muchos aspectos de la cultura negra cubana. Asidua investigadora al mundo de las religiones de origen africano, visité con ella toques de santo y juramentos de “palo” que nos revelaban el mundo esotérico de los antepasados. La Casa de Oriol, en Guanabacoa, fue uno de esos templos donde se “rayaban” los paleros en nutridas ceremonias donde resonaban los tambores y corría la “chamba”. Enardecidos por el ritual y la bebida, los participantes caían en trance y el lugar se transmutaba en pamdemonium. Sara y yo observabamos y nos enriqueciamos con la experiencia litúrgica, nunca fuimos molestados ni expulsados a pesar que los integrantes conocían de nuestro papel voyerista. “La troponera” era un bar de “mala muerte” justo frente a los predios del ICAIC, llamada así en homenaje al peor de los alcoholes que allí se ofrecía al finalizar la “ley seca” impuesta a la población en nombre de la moral socialista y la union obrero-campesina. Algunos de nosostros nos “resbalaba” la crítica oficial y entre buches de aquella pócima alcohólica discutíamos los nuevos proyectos. Deseoso de conocer la opinión de Sara sobre el guión de mi film, “El otro Francisco” nos reunimos en dicho bar, pero las ocupaciones domésticas de Sara no le habían permitido terminar la lectura. A pesar de la agotadora labor de un rodaje, Sara dedicaba tiempo a sus hijos con el amor y dedicación de cualquier ama de casa, agravada por una dolencia crónica que le acortaba la vida; el asma. Se le veia respirar fatigosamente y echar mano a su inhalador de butamol en medio de las filmaciones o en los momentos más felices de su vida. Fue allí que Sara que me comentó su nuevo proyecto de largometraje, “De Cierta Manera”, una investigación sociológica sobre la marginalidad y el nuevo orden socialista. Sara comenzó a rodar su film en 1973 y terminó su rodaje en 1974 pocos meses antes que yo comenzara la producción de “El Otro Francisco”, mi también primer largometraje. Su oficio documentalista la llevó a concebir “De cierta manera” un film donde la ficción y el documental conviven y se mezclan de tal forma que resulta imposible separar los estilos. Esta fusión enriquece el análisis y crítica de la conducta de sus pesonajes y el medio social en que se mueven. El film relata el romance entre X, un marginal miembro de la secta secreta “Abakuá” y Y una maestra de escuela revolucionaria. Sara manejó esta dicotomía explosiva con mucho tacto y sapiensa para evitar la censura y que su mensaje pudiera difundirse libremente, pero la muerte cercenó su trabajo en medio de la post-producción del film, que fue terminado de editar por su mentor cinematográfico, Tomás Gutierrez Alea. Nunca sabremos hasta donde llegaba el riguroso análisis del tema ni cuales hubieran sido las consecuencias de su discurso de haber sido terminado por Sara y si el discursos fílmico sufrió transformaciones dictadas por el poder oficialista, pero su simple existencia hacen de este film uno de los más sobresalientes en la producción cinematográfica de Cuba.

viernes, 25 de junio de 2010

PRIMAVERA NEGRA (FRAGMENTO). HENRY MILLER.


¡Basta de espiar por el ojo de la cerradura!. ¡Basta de masturbarse en la oscuridad!. ¡Basta de confesiones públicas!. ¡Qué salten las puertas de sus quicios!. Quiero un mundo en el que la vagina esté representado por un rudo y honesto tajo, un mundo que sienta por los huesos y los contornos, los crudos colores primarios; un mundo que sienta miedo y respeto por sus orígenes animales.
Estoy harto de ver vaginas coquetas, disfrazadas, deformadas, idealizadas. Vaginas con las puntas de los nervios al aire. No quiero ver a las muchachas vírgenes masturbándose. En el secreto de sus habitaciones, o comiéndose las uñas, o arrancándose el pelo o echadas durante todo un capítulo en una cama llena de migas de pan.
Quiero los palos funerarios de Madagascar, con un animal encima de otro y en la cúspide Adán y Eva con un rudo y honesto tajo entre las piernas. Quiero hermafroditas que sean verdaderos hermafroditas, y no falsarios que caminan con penes atrofiados y vaginas secas. Quiero una pureza clásica, donde la porquería sea porquería y los ángeles sean ángeles.

miércoles, 23 de junio de 2010

DORIS WISHMAN O LOS DESEOS INDECENTES.


Por Sergio Giral

Concí a Doris Wishman en el Alliance, una organización fílmica de Miami Beach ubicada en Licoln Road. Entre sus múltiples servicios que incluían proyecciones de cine de ensayo y hasta un Festival de las Americas, que llegué a dirigir, el Alliance brindaba servicio de edición a los cinestas independietnes de la zona en una suite VHS junto a su editor Abel Klainbaum, un joven entusiasta de la localidad. Yo me encontraba editando un documenal sobre los derechos humanos de los gays y lesbianas en Miami, Chronicle of an Ordinance, y coincidí en varias ocaciones con Doris en el lugar. Es más, en algunos casos tuvimos que esperar que uno terminara su turno de edición para comenzar el otro. Doris era una dulce viejita de cuatro pies de altura y ademanes resueltos. Poco sabía de ella e imaginaba sus films romantizados en el marco tropical de Miami o tiernas fábulas infantiles. En una ocación Abel faltó y vi sentarse a Doris frente a la suite de edición y comenzar a cortar su propio film. Me acerqué curioso y con el pretexto de preguntarle por el editor, le eché una mirada furtiva a la pantalla del monitor. Para mi sorpresa vi la imagen de una mujer desnuda que gritaba horrorizada bajo la paliza de un maniaco. ¿Pero qué hacía esa cineasta en sus 80 años realizando un film sexual?
Durante los años sesenta la revolución sexual, los hippies y la guerra de Viet-Nam dieron como resultado una explosión de cine conocido como sexploitation, una zona límite entre la pornografía dura y la blanda. Muchos son los títulos que conforman este movimiento cinematográfico. Para entonces Doris, cineasta autodidacta, era una bella mujer casada e interesada en el nudismo que la llevara a realizar ocho films entre 1960 y 1964 sobre este tema. Entre esos títulos se encuentran Blaze Starr Goes Nudist (1962) y Gentlemen Prefer Nature Girls (1962). Su apreciación del desnudo femenino y la atmósfera tautológica reinante la inspiraron a dirigir sus films en dirección al género sexual con los medios técnicos que contaba en aquells momentos, su sentido de la estética y su dramatúrgia personal. Bad Girls Go to Hell (1965) es una de sus films más conocido y el más representativo del sexploitation en su filmografía. Realizado bajo el seudónimo de Louis Silverman, narra la historia de una chica que huye a la gran ciudad después de haber asesinado a su violador y termina víctima de los abusos sexuales propios de la metrópolis. En este film, como en muchos otros, Doris contó con la colaboración del director de fotografía C. Davis Smith.
La obra de Doris con más de 30 films es una de las más extensas de este género. Entre estos “Los Peligros Sexuales de Paulette" en 1965, "Deseos Indecentes" en 1967 y "Mucho y Demasiado" en 1968. Su prolífera carrera no se detuvo y durante los años setenta realiza "Satan era una Mujer" y "Ven conmigo, Mi Amor", dos films explicitos sexuales conocidos en el género como hardcore. Otro de los temas que motivó a Doris fue la transexualidad y uno de sus trabajos más conocidos es el docudrama , "Déjame Morir Mujer" de 1978 donde participa la actriz-porno Harry Reems. Por su incursión en este género se le compara con Ed Wood por la esponteineidad y la total libertad del discurso fílmico.

A finales del los noventa, Doris realizó un remake de su film Satan era una Mujer, en esta ocasión un soft-porno que obtuvo Premio Especial del jurado en el New York Underground Film Festival 2001.
Otros de los hits sexploitation de Doris es Deadly Weapons, con la actriz porno Chesty Morgan y guión de la sobrina de Doris, Judith Kushner. Cuenta la historia de Zsa Zsa, una ejecutiva de publicidad que persigue a los asesinos de su novio (Harry Reems) y que se hace pasar por una sripteaser para seducirlos, endrogarlos y finalmente asfixiarlos con sus enormes pechos, para descubrir al final de su venganza que su propio padre fue quien ordenó la ejecución de su amado. Este es el primer film de Doris con Chesty Morgan, famosa por su busto de 73 pulgadas, más tarde realiza con la actriz , Double Agent 73, en que una mujer espía lleva una cámara de microfilms implantada en una de sus poderosas mamas y en la otra una bomba.
Entre las técnicas asombrosas y audaces de esta cineasta fue el uso de escena de sus anteriores films en otro nuevos, mezclandolas y reeditandolas de tal forma que congeniaran con el nuevo tema. Una de estas escenas es la de una bella mujer nadando bajo el agua que aparece en tres diferentes de sus films. Conocer a esta pionera del culto porno sentada frente a la suite de edición en VHS es una de mis grandes experiencias en el mundo de la realización cinematográfica. En aquellos momentos Doris se encontraba editando su penúltimo film y digo su penúltimo ya que en muchas ocasiones la cineasta predijo que a su muerte “continuaría haciendo films en el infierno”. Su título, Each Time I Kill, filmado en Miami por su colaborador de siempre C. Davis Smith, que cuenta con la actriz Tiffany Paralta interpretando a una joven estudiante que cambia su físico con el de sus víctimas cada vez que comete un crimen y donde John Waters hace un extraño cameo. Este film fue terminado post-mortem y estrenado en el New York Underground Film Festival en 2007. Doris es más que una experiencia en la vida del cine independiente, su obra ha trascendido a la dimensión de culto y por demás al ámbito celeste del cine de explotación sexual. Su extensa cinematografía es distribuida hoy día en formato DVD para disfrute de los amantes del cine kitch, naïf, trash, sexploitaion o como se le quiera llamar.


Doris Wishman nació el la ciudad de New York en 1912 y murió en la ciudad de Miami el 10 de Agosto de 2001.

lunes, 21 de junio de 2010

Capítulo 23.- Transatlanticism.


Por Ana Rosa Valdez

No fui consciente del instante en que Mr. Klimt me tomó en sus brazos, intentando arrojarme contra el vacío. Grité… Pero el sonido de mi voz sucumbió ante el la música de Death Cab for Cutie. Mr. Klimt parecía odiarme. Si esto era una broma, era de muy mal gusto. Volví a gritar, al menos a intentarlo. Esta vez sentí como el sonido de mi voz se ahogaba en sus labios. El balcón se movía a una velocidad exquisita. La brisa nos había abandonado. Su cuerpo reposaba ligeramente sobre el mío. Contra la pared. El cemento blanco. Las luces de la ciudad que se oscurecía. Las olas reventando en la arena blanca. El malecón y los transeúntes. La lluvia en la música de Death Cab for Cutie, la lluvia de acordes y melodías. Mr. Klimt besándome. Besando cada parte de mi cuerpo bajo la lluvia de acordes y melodías de una canción de Death Cab for cutie. El piso 13. La sala desprovista de muebles. La antigua puerta de madera que había rescatado de la casa de mis padres. En Ibiza. Los libros y la taza de café. Mr. Klimt haciéndome el amor encima de la mesa redonda, junto a los libros de Marguerite Duras y la taza de café, sucia, quizás aún tibia, quizás con un resto de líquido claro y dulce. La música del Transatlanticism. Específicamente “Transatlanticism”. Y el crescendo en mitad de la nada, o la melodía era muy suave. Los suaves golpes sobre el teclado, la batería a un ritmo totalmente equilibrado y emocionante. Como beber una taza de café en la calle G del Vedado. Queriendo estar tan cerca. Necesitando a Mr. Klimt muy cerca.

sábado, 19 de junio de 2010

JORGE ABELLO, DEL CELULOIDE AL HD.


Por Sergio Giral

La realización cinematográfica es el equivalente a un cirujano al que se entrega la vida en cuerpo y alma y del cual esperamos un prodigio de reconstrucción. Del arte de combinar imagen y sonido depende el verdadero éxito de la producción sin tomar en cuenta los esfuerzos en el proceso de filmación, ni el esplendor de las locaciones, el virtuosismo de los actores, lo emotivo de la banda musical o la perfección tecnológica del momento. La realización cinematográfica es un proceso técnico y artístico que requiere de oficio, talento y la audacia de un alquimista. Hoy día el desarrollo tecnológico de estos medios han permitido una mayor participación en la creación de la imagen en movimiento estableciendo nuevos parámetros estéticos y géneros visuales. Jorge Abello, más conocido por Tuti en los predios cinematográficos, tiene mucho que decirnos primero como editor y ahora como productor en su larga experiencia fílmica. No recuerdo cuando llegó al ICAIC, pero si que era un joven tranquilo, observador que evitaba los grupos, una especie de gato habanero. En Cuba no tuve la ocasión de trabajar con él como editor de alguno de mis films y por esos avatares de la vida recientemente hemos terminado la edición de mi nuevo film en HD, “Dos Veces Ana”, aquí en Miami. Paciente, meticuloso y eternamente joven ha sabido abrazar los novedosos medios tecnológicos sin olvidar su amor por el cine tradicional, será por eso que a los tape HD les llama rollos, a las grabaciones filmación, sigue amando la claqueta y el proyector y extraña ensuciarse las manos cortando el negativo, sin embargo produce sus piezas en el Avid de su compañía productora Second Cut.

P; ¿Cuándo y cómo comenzó tu trabajo en el cine?

R: En 1972, a los 18 años, tuve que cambiar la escuela por el trabajo a raíz de una crisis familiar. Me preguntaron qué me gustaba, dije que el cine, y me gestionaron una entrevista con Alfredo Guevara, entonces presidente del ICAIC. Creo que él no sabía qué hacer conmigo, debido a mi juventud e inexperiencia, y me envió a los Archivos Fílmicos, como ayudante del conservador de las películas, en otras palabras, a cargar carretillas con rollos viejos y latas oxidadas. Pero allí aprendí la diferencia entre el film 9.5 mm de Pathé y el 35 mm. Y entre una moviola y un proyector. Así fue mi comienzo en la industria del cine. Dos años después pude ingresar al Noticiero ICAIC como editor asistente, y a partir de ahí, fue un largo camino de intenso trabajo y mucho aprendizaje, editando noticieros y documentales, hasta que comencé a editar largometrajes, en 1984. El primero fue “Los Pájaros Tirándole a la Escopeta”, con Rolando Díaz.

P:El trabajo de un equipo cinematográfico requiere de una relación diáfana e inteligente entre sus integrantes. En este sentido, ¿cómo concibes esta relación?

R: Tiene que haber mucha comunicación, respeto mutuo e intercambio de ideas. A veces hasta negociar un plano por otro. Una película no se logra con calidad si cada uno de los integrantes del equipo no conoce su trabajo y da lo mejor de sí, y si no se escuchan unos a otros. El equipo es un ente, muchos puntos de vista diferentes sobre un mismo tema, y el mas trivial en apariencia puede ser a veces el mas sagaz. Hay que escuchar, y luego filtrar. Y durante el tiempo que dura el trabajo, es como un matrimonio, de manera que debe haber armonía y empatía, además del profesionalismo.


P: Ahora que has experimentado el transito del celuloide al digital ¿Cómo ha sido ese proceso para ti y en qué estriban las diferencias en el proceso técnico y estético del cine tradicional y el cine digital?

R: La tecnología lo ha hecho todo mas simple en apariencia, pero también mas complicado. Antes una película se hacía artesanal, con mas de 200 rollos de celuloide y magnéticos, de 300 metros cada rollo. En el cuarto de edición, había que afinar bien la puntería, pues había pocas oportunidades de equivocarse. De hecho, en la moviola solamente tienes dos pistas de audio, y puedes revisar la imagen con música, o con diálogo. Y es un trabajo muy físico. Ahora, todo está digitalizado, y con un simple movimiento del mouse haces y deshaces, una y otra vez. Puedes hacer infinitas versiones de lo mismo, verla una y otra vez, y no terminar nunca. Es bueno y es malo.
En lo estético, el bajo costo del material actual (video), hace que las cámaras nunca se apaguen, se hacen demasiadas tomas, no se ensayan los movimientos, y al final, cuesta trabajo encontrar buenas tomas entre horas y horas de material desechable. Eso afecta el resultado final. Con celuloide, cada plano es como un cuadro, una pintura, y se cuida mas, porque es muy costoso. Pero si el video se trabaja como un film, es maravilloso, pues ahorra tiempo y costos.

P: ¿Y cómo ha sido el transito de poder expresar ahora en 30 segundos o 1 minuto, lo que antes lograbas en 30 minutos o dos horas con un documental o un largometraje?

R: El lenguaje ha cambiado. Cada época trae sus nuevas reglas de comunicación. Antes todo era mas contemplativo, porque el cine y la televisión eran muy jóvenes, y estaban marcando sus parámetros y reglas. Ahora, en los tiempos post-MTV, todo es mas sensorial. Los mensajes apenas se leen en la pantalla. Se busca mas causar impresión, que hacer pensar. Es mas importante la forma que el contenido. Durante la edición de “La Bella del Alhambra” traté sin misericordia la secuencia de Las Libélulas, donde Beatriz Valdés bailaba con otras mamboletas, no tuve en cuenta el tiempo, ni la coreografía, traté de destacar lo torpe de Beatriz con cortes rápidos y asonantes, pero cuando el Director la vió me dijo: no, no, esta película no es un video-clip, es una película de época, y hay que hablar con el lenguaje de su tiempo.

P: ¿Te dedicas más a producir y editar sale tapes, comerciales, promociones; trailers de cine que al cine mismo?

R: Todo en la vida tiene un tiempo y un balance. Trato de congeniar el trabajo que me paga con el trabajo que me halaga.

P: Nada obliga más a seguir mirando una imagen que una imagen con una mirada. La meta de la imagen es la seducción….¿como haces que esto se logre?

R: Creo que la imagen responde a los mismos patrones que el sonido. Después de mucho ruido, un silencio captura tu atención. Cada imagen tiene su valor y su tiempo de respirar. Lograr el ritmo ideal en cada secuencia no responde a una fórmula matemática, se basa mas bien en el instinto, y ahí es donde se separa el arte de la mecánica. Si algo he aprendido es que ninguna imagen, por bella o fascinante que sea, es imprescindible. Un editor nunca debe aferrarse a un plano si este no aporta al proyecto. Ese plano te puede condicionar, y malograr el resultado final. Cada vez que te aferres a un plano, simplemente porque te gusta, haz el ejercicio de quitarlo, y verás que mejora la secuencia. Si no lo haces, posiblemente ese es el plano que va a sobrar, a chillar en la película.

P: Cine, televisión y video han acabado por encontrarse y conciliar una buena comunicación, sin embargo hace solo unos años atrás aun se sostenía una lucha a muerte entre estos medios. ¿Crees que las nuevas generaciones seguirán viendo el cine como cine, o llegará un momento que lo verán de otra forma?

R: Cuando surgió la radio, se dijo que era la muerte de la prensa escrita. Cuando surgió la televisión, se dijo que era la muerte de la radio. Décadas después, las tres sobreviven y se complementan. Y ahora llegó la Internet…Pasará lo mismo. El cine siempre existirá, aunque la tecnología modifique el lenguaje o la forma de producirlo o difundirlo, y hasta de recibirlo. Pero de una forma o de otra, la historia hay que escribirla, actuarla, filmarla o grabarla, y editarla, para difundirla en la pantalla, a través de un teléfono, o en Internet.

P: ¿Cuáles han sido tus trabajos más dificultosos dado la complejidad del film y cuales los más agradecidos?

R-Los musicales siempre dan mucha guerra, pero son los mas divertidos, algunos documentales de entrevistas con horas y horas de bla, bla, bla, para tomar un bite, pueden ser somníferos y los trabajos por encargo suelen ser terribles. Ahora, en los largometrajes de ficción se disfruta cada plano, cada secuencia y cada solución y si estoy haciendo un “Trailer” me deleito. Lo que puede hacer difícil la edición de una secuencia es que tengas mucho material y poco tiempo para procesarlo. Por ejemplo, con el documental “Si Me Comprendieras”, de Rolando Díaz, tenía mas de 25 horas de video, entre canciones, bailes y entrevistas. Y hubo que hacer todo el trabajo de montaje en menos de una semana. Eso fue una paliza. Por el contrario, el montaje de “Un Señor Muy Viejo Con Unas Alas Enormes”, del director Fernando Birri, duró seis meses, estudiando cada fotograma una y otra vez. Eso también fue difícil. En cambio, disfruté mucho la edición de “Clandestinos”, del director Fernando Pérez. Esta producción se filmó pensando en el montaje, y con lentes fijos, que se usaban entonces. La acción estaba desglosada en planos, y cada movimiento me daba varias opciones de corte. Se logró una perfecta armonía entre la atmósfera y el ritmo.

P: ¿Cómo visualizas las condiciones perfectas para el trabajo cinematográfico y si éstas dependen del desarrollo tecnológico?

R-¡Condiciones perfectas! no existen… ni en mi imaginación, pero sí dependen del proyecto y del equipo humano de trabajo. La tecnología es importante por el resultado final. Se pueden hacer trabajos muy complejos con soluciones mas sencillas, pero insisto… es trabajo.

P: ¿Y en ese sentido ves alguna diferencia entre tu trabajo en Cuba y el que realizas en Miami?

R-Cuba es el paraíso para perder el tiempo y el infierno de las producciones, por la misma razón. Puedes estar meses en un proyecto. Pero a la vez, eso mismo te permite cuidar mucho el resultado final. En Miami el tiempo es oro. Yo trabajé para Telemundo durante 15 años y aprendí mucho de la TV, qué hacer y sobre todo qué no hacer.
Hace tres años abrí mi propia productora, “Second Cut Media”. Allí tengo tres suites de edición, Cámaras HD, luces y amigos… todo lo que hace falta para sentirse en el Paraíso.
Ahora, esta independencia significa que tengo que ser a la vez empresario, músico, poeta y loco, y administrarlos a todos ellos.

P: Me gustaría saber tus gustos en materia cinematográfica. ¿Qué personas han influido en tu obra?

R-Me gusta mucho el cine… todo, pero me inclino por las comedias, creo que casi todo se puede decir con una sonrisa. He visto mucho de la época de oro del cine Mexicano y Argentino de los años 40 y 50, muy subestimado hoy en día, pero eran maestros en el arte de contar historias. Almodóvar, por ejemplo, toma mucho de ellos en Los Abrazos Rotos. Algo de cine francés (El Hombre de Río) Philippe de Broca, un poco de Hollywood (After Hours) Scorsese, (Duel) Spielberg, y otro poco de Asia, (Yojimbo) Kurosawa, (Crouching Tiger, Hidden Dragon) Ang Lee. En cuanto a montaje, podría decirte que mi ritmo interior ha sido marcado por la música, una mezcla de Caruso, Ñico Saquito y Los Beatles.



P: ¿Cuándo y cómo sales de Cuba?

R- En 1992 vengo de visita a Miami a ver a mi hermano, y al mes comienzo una relación con mi actual esposa, Maria Montoya. Después de mas de 18 años juntos, en mi película, ha sido la mejor de mis secuencias.



P: Ahora háblanos un poco de tu vida personal y tus proyectos futuros.

R-Vivo con Maria en Miami Beach, entre el cielo y el mar. Aquí es donde la tecnología tiene su mayor esplendor y no importan la forma ni el contenido. Esta vez mi sacrificio sí dio frutos, aunque la verdad, he disfrutado cada trabajo que he hecho, por agónico o tedioso, por largo o por divertido. Siempre me he considerado con la suerte de los elegidos, me gano la vida haciendo lo que mas me gusta, y cada escalón que subo o que bajo, en esta vida que es como una escalera, cada peso que me gano, cada cámara nueva, cada software, lámpara o tape, me lo gozo, me siento cada día crecer y eso no tiene precio. Así que vengan, Películas, Documentales, Programas de TV, Trailers, Promos, Publicidad, hasta Novelas para Celulares estuve proyectando hacer, hay cosas que la vida te regala y yo…No me quejo… tengo lo que tenía que tener.

jueves, 17 de junio de 2010

FUMANDO ESPERO


Por Vivian Morales

Las nueve y media de la mañana; ya es hora de levantarse.

Todavía tengo sueño pero tengo que estar despierta, no vaya a ser que el teléfono suene y no lo oiga. De todas formas estoy de vacaciones y mañana podré dormir todo lo que quiera.

¿Será hoy un buen día? Bueno, eso ya lo veremos después que me llame, pero no tengo por qué ser pesimista. Ser positiva, ese es mi lema. Antes de hacer cualquier otra cosa déjame levantar el teléfono a ver si funciona bien, pues como las comunicaciones aquí son como la posibilidad de montarse en un taxi, es mejor precaver. ¡Uff, que suerte, funciona! Buen síntoma. Por ese lado ya estoy tranquila. Ahora será mejor que me lave la boca y desayune de una buena vez pues de pronto siento un hambre como si tuviera en el estómago mil demonios.

Por ser hoy un día tan importante - no porque naciera ninguna celebridad o se ganara la guerra en algún lugar del mundo; es importante porque es un día definitivo para mí y punto - me daré el lujo de desayunar como Dios manda. No vendría mal un pan con queso calientico, acabado de hacer y una gran taza de leche con chocolate. Suena delicioso.

Dicen las malas lenguas que barriga llena corazón contento; para mí no, falta algo. Claro, el programa de radio que tanto me gusta y mi cigarrillo.

- Esto es “De mañana” amigos míos y yo soy el que lleva la carga de acompañarlos durante dos horas en que casi el día comienza.

Camilo, que clase de tipo, eso si es un locutor con todas las de la ley, hasta te hace reír. ¿Dónde puse la fosforera? Ah, ya la encontré. ¡Suena el teléfono!

- ¿Oigo?
- Buenos días. ¿Clara se encuentra?
- No, mami salió, está para casa de mi hermana y no regresa hasta mañana.
- Muchas gracias.

Son las diez y cuarto; bueno es temprano, puede que todavía esté durmiendo.

- Quiero decirles algo; si tiene algo importante que comunicarle a un amigo, a su pareja o a su hijo, hágalo hoy, no lo deje para mañana, hoy es el mejor día.

Claro Camilo, tú tienes razón. ¿Por qué dejarlo para mañana? Voy a seguir tu consejo; sólo espero que no me llame muy tarde, pues esas cosas no me gusta hablarlas por teléfono.

Lo mejor que hago ahora es ver si limpio un poco la casa; no está sucia pero necesita unos retoques.

Ya casi son las doce y el teléfono no ha sonado en toda la mañana. Vaya ni que me hubiera oído. ¿Será él?

- ¿Hola?
- Lidya soy yo, ¿a que hora te levantaste?
- A las nueve y media. ¿Por qué?
- Por nada, ¿vas a salir?
- Mami no lo sé todavía, estoy esperando que me llamen. ¿Pasa algo?
- No, solo quería saber como estabas y si ya habías almorzado
- Ahora lo voy a hacer.
- Chao.

Déjame ver qué hay para almorzar… Esto está bien.

Después del almuerzo no hay nada mejor que fumar. ¡El teléfono otra vez! Debe ser él.

- ¿Hola?
- Lidya, ¿eres tú?
- Si Raquel
- Te llamo para ver si quieres ir a la playa, a fin de cuentas estas de vacaciones, ¿no?
- Si, pero hoy no va a poder ser. Mejor mañana, yo te llamo y nos ponemos de acuerdo ¿OK?
- Esta bien, como quieras. Tú te lo pierdes. Chao.
- Chao.

Como no tengo más nada que hacer, me fumaré otro cigarro. El no debe tardar en llamar. Hoy es martes. Si, era hoy. Es que yo soy tan entretenida que a lo mejor esperaba el día equivocado. El domingo fue el último día que nos vimos y a mi me parece que hace un siglo. No sé porque tengo esta quemazón en el cuerpo y no puedo dejar de pensar. Ya casi estaba oscureciendo y él me acompañaba a casa después de ir al cine. Hablamos de tantas cosas y todas las que nos quedan por hablar. Es tan cortés, lo que a veces me da la impresión de que no dice toda la verdad. ¿O será que como es tan bromista y tiene tan buen sentido del humor yo no sepa distinguir cuando habla en broma y cuando habla en serio? ¡El teléfono esta sonando otra vez! Es él.

- ¿Hola?
- Buenas tardes, ¿Es la casa de Rolando?.
- No, está equivocado.
- Disculpe.

Mejor pongo un poco de música para aliviar las tensiones. Ah, y otro cigarro.

¿Por dónde me quedé? Sí, ya sé…que nunca sé cuando habla en serio. Lo que recuerdo es con la ternura que me dio el beso en la frente y sus últimas palabras: -Yo te llamo.

Diablos, si son casi las tres de la tarde y ya me he fumado media cajetilla de cigarros. Tengo que ir despacio; si se me acaban tendré que ir a comprar y en eso puede llamar y entonces pensará que he salido y no esperé su llamada. ¡Mira que la vida tiene cosas, me parezco una adolescente esperando la llamada del primer novio! No entiendo por qué me pongo así. También esperar es de madre. No sé a otros, pero a mí me saca de mis casillas. No lo soporto. Mira para eso, ya son las cuatro y el teléfono no suena. Mejor me baño, no vaya a ser que me diga que me viene a recoger para salir.

Este mes de agosto en esta islita del Caribe es insoportable. Hace media hora que me bañé y ya estoy empapada en sudor. Y qué tremenda sed, ya me he tomado dos litros de agua y por supuesto parece que se me rompió la zapatilla; cada cinco minutos tengo que ir al baño. Por suerte el teléfono tiene el timbre alto.

Las cinco. A esta hora ponen una película buenísima. Y el teléfono sigue sin sonar. Debe mantener la calma que ya llamará. Lo mejor que hago es encender otro cigarro. Casi se me pasa la película.

Cinco para las siete de la noche. Ahora si debe estar al llamar. Por suerte la película estaba refrescante, sino me muero de tedio. Con lo que yo odio no tener nada que hacer. Y ¿para que yo miro tanto el teléfono? Si con mirarlo no va a sonar. Mejor respiro profundo y no hay porqué preocuparse, ya llamará. Ahora si. Voy a dejar que de cuatro timbrazos, para que no parezca que estoy de posta en el teléfono.

- ¿Oigo?
- Lidya soy yo
- ¿Que pasó ahora mami?
- Nada quería saber si todavía estabas en la casa.
- ¿Qué tu crees?
- Que estas de mal humor.
- Tú sabes lo que me molesta esperar.
- Cálmate y no te olvides de comer.
- No. Chao.

¿Qué comer ni comer? Si lo que tengo es un nudo en la garganta que ya ni el agua puedo pasar. Pero no hay porqué desesperarse; apenas son las ocho de la noche.

-YO TE LLAMO, – me dijo.

Ahora trato de recordar…¿Me lo habrá dicho de corazón o sólo por compromiso, para no quedar mal? Sí, porque con los hombres nunca se sabe; a no ser que los conozcas bien y lleves una relación de tiempo. Pero las primeras veces, uno siempre siente una inseguridad que es del diablo. Si no soporto esperar menos soporto las dudas. Odio tener dudas. Por eso a veces parezco tan directa y tan vana. Pero esto es lo que siempre quiero: evitar la incertidumbre. ¿Que es la incertidumbre?

Incertidumbre: Falta de certidumbre, duda.

Vaya explicación que da el diccionario, seguimos.
Certidumbre: Certeza.

Y seguimos en lo mismo.

Certeza: Conocimiento seguro, claro y evidente de las cosas.

Al fin, por poco me tengo que leer todo el diccionario. Total, ya yo sabía que me gusta tener conocimiento claro y seguro de las cosas. Sólo era para rectificar. Es que a veces de usar tanto una palabra, llega uno a olvidarse realmente de lo que significa. Y para colmo, en esta casa hoy no hay nadie. Si hasta me parece que se ha encogido y está más oscura, y eso que tengo todas las luces encendidas. El teléfono sigue sin sonar. Si mami ve todas las luces encendidas, me mata. Pero oscuridad no quiero. Pero si ya casi son las nueve y media. Cuando yo lo digo… esperar es una tortura nazi.

Ya no sé ni dónde sentarme. Mejor me calmo, no doy más vueltas y me siento tranquila a fumarme un cigarro y a esperar a que suene el maldito teléfono. Tengo que tranquilizarme ya. Parezco una estúpida de un lado para otro. Yo tenía que haberle preguntado a que hora me iba a llamar y así no me hubiera pasado todo el día en esta puñetera espera. Ya son las nueve y cuarenta y cinco y el maldito teléfono no suena. Si a las diez no llama, olvídalo. Me acuesto a dormir o me pongo a ver la televisión. Si hasta la música me saca de quicio…Mejor la apago. ¡No!. Mejor la vuelvo encender, así no me doy cuenta de que estoy sola. Y precisamente hoy fue el día en que a nadie se le ocurrió hacerme la visita; por lo menos hubiera conversado con alguien. No paro de sudar; si sigo así me tendré que volver a meter debajo de la ducha.

Las diez y no llama. Esto es el colmo; ya no aguanto más. ¿Pero y si se complicó? ¿Y si tuvo algún problema? Mejor espero otro poco. Ya sé, me pongo a leer y el tiempo se me va volando.

Hace diez minutos que estoy en el mismo renglón. Ni concentrarme puedo. Ahora si no lo soporto más. ¡Ay, qué torpe! Sin darme cuenta le rompí la carátula al libro; como si el libro tuviera la culpa. La culpa es solo mía, por confiar en la gente. Mami siempre me lo dice, no confíes en nadie. Y yo siempre pensando “a las personas hay que darles una oportunidad” ¿Y quién me la da a mi? Nadie. Pero se acabó, no espero más por nadie. Ni por el Príncipe de Gales. ¡POR NADIE!

¿Lo que sonó fue el timbre de la puerta o del teléfono? ¿Qué hora es? Las diez y cuarenta y cinco. ¡Fue el timbre de la puerta! ¿Habrá venido a excusarse porque no pudo comunicar? Diablos no me queda ni un cigarro para por lo menos serenarme. Si no me apuro en abrir va a pensar que no hay nadie.

- Ya voyyyyyyy… ¡Ay, mami eres tú!
- ¡Que cara has puesto! Vine para que no durmieras sola en la casa pero se me quedó la llave. Oye, ¿a dónde vas?
- A comprar cigarros.
- ¡Lydia no tires tan duro la puerta que se va a romper!

¿A donde voy; a donde voy? A darme cuenta de una buena vez que no siempre vale la pena esperar y que no hay nada que lo justifique y…

- Ya… ¡Que se vaya a la mierda!

(RING)
- ¿Aló? No, Lidya salió a comprar cigarros… Sí, yo me canso de decirle que tiene que dejar de fumar pero a mí no me hace caso... Está bien, yo le digo que tú la llamas mañana…

martes, 15 de junio de 2010

SINFONÍAS SOBRE MI PIEL.


Por Julie De Grandy

Como todas las mañanas, avisé a Inés que me subiera el desayuno y al poco rato apareció con la bandeja inglesa de plata, portadora del servicio de café.

- ¿Desea alguna otra cosa la señora? – preguntó como una autómata.

- No gracias, Inés; te puedes retirar, – respondí forzando una leve sonrisa.

Según se marchaba, reparé por un instante en su reiterada pregunta matutina. Me parecía una pregunta estúpida. Ella trabajaba para mí y cuando yo quería algo, no dudaba en hacérselo saber. Pero esa pregunta encerraba un matiz que me molestaba. Ni yo misma sabía qué pudiera desear. La vida había sido generosa conmigo; me lo había concedido casi todo. Quizás ya no fuese tan bella ni tan joven, pero seguía siéndolo lo suficiente para aún suscitar miradas de hombres y envidias de mujeres. Sabía que podía tener a cualquier hombre, no sólo por mi belleza sino por mi dinero. Los podía seducir o los podía comprar. Era demasiado fácil para que me produjese emoción. Cuando los tenía, llegaba a detestarlos por hacerme sentir aún más vacía. No eran capaces de proporcionarme placer alguno. Para tener un orgasmo me bastaba mi mano o cualquier de los aparatito comprado en los “Sex Shops”.

Ni siquiera mis dos maridos me habían sabido hacer el amor. Sólo una vez en mi vida tuve el privilegio sagrado de hacer el amor, de fabricar el amor, de crear el amor y sentir la sublime potencia del más alto grado de amor. Sólo una vez. Muchas veces pensé que hubiese sido mejor nunca haber tenido esa experiencia. Lo malo de llegar a lo máximo, es que todo lo demás se queda pequeño.

Mientras se enfriaba un poco el café abrí el periódico. Me detuve en una foto y leí el pie. Era él, era Rolando. Rolando Mijares era…ese “Rolando”. ¿Cómo era posible que yo nunca hubiese visto su foto anteriormente? Sus CD’s no tenían su foto. Lo explicaba en el artículo, no le gustaba dejarse retratar. Yo, que conocía tan bien su música y su carrera, que había estado encantada cuando Luigi, el director de la filarmónica, me había informado que para el cierre de la temporada traerían como pianista invitado al gran Rolando Mijares, del que nunca había visto una fotografía. Las manos que sujetaban las hojas del diario empezaron a temblar. Casi no podía leer el artículo. Lo puse a un lado y eché la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Evoqué una vez más el más preciado recuerdo archivado en mi memoria.

Aquella tarde fui de las últimas en abordar el avión, furiosa de que no había conseguido un asiento en primera clase. Todos los vuelos a Nueva York estaban llenos en esa época en que la gente regresaba de sus vacaciones de Navidad. Con disgusto, recorrí el largo pasillo. Al llegar a mi asiento, el chico que estaba sentado en el pasillo no se movió.

- Disculpe, – dije con tono irritado. - ¿Me permite pasar a mi asiento?

- Oh, perdón, – respondió el atractivo muchacho en lo que se ponía de pie.

No me miró. Parecía distraído. Se me hacía extraño que un hombre no me mirara. Era lo único que sabían hacer, mirarme con asombro y con lascivia. Cuando ya no pude resistir su indiferencia, le toqué el hombro para que me volviese a dejar pasar para ir al baño. A mi regreso, le hablé antes de que se volviese a colocar los auriculares

- ¿Vives en Nueva York?
- Bueno, sí y no. Estoy estudiando piano en Julliard.
- Vaya, qué interesante. Parece que está como a 20 bajo cero en Manhattan.
- Sí, creo que está nevando mucho. ¿Y tú? ¿Vives allí? – me preguntó por cortesía.
- No, yo voy a trabajar. Soy modelo.
- ¿Modelo? ¿De qué?
- Pues modelo de pasarela, de colecciones de moda, – respondí pensando que le debería haber sido obvio, si se hubiese fijado bien en mí.
- Ah…, - dijo pareciendo no entender muy bien.
- ¿Nunca has visto un desfile de moda?
- No, nunca he visto un desfile de moda, – sonrió. – Soy ciego.

La sangré se me heló y me quise morir. ¿Cómo no me había dado cuenta? Le miré a los ojos. Tenía unos ojos hermosos, de un verde claro.

- Lo siento. No me había dado cuenta, – dije sintiéndome apenadísima.
- No te preocupes. Para mí ser ciego es normal. Nací ciego.
- ¿Cómo te llamas? - pregunté tratando de apurar el momento incómodo.
- Me llamo Rolando, ¿y tú?
- Carel, me llamo Carel.
- ¿Carel? Nunca lo había oído.
- Me imagino que no. Es un nombre inventado. Mi mamá se llama Carmen y mi papá Rafael. Entonces quisieron unir sus dos nombres en el de su hija.
- Me parece simpático.

Estuvimos conversando durante media hora. Me sentía muy cómoda con él, no tenía que estar en guardia como con otros hombres. Él tenía entonces apenas diecinueve años y yo veinticuatro. Sin embargo, entre su ingenua sencillez y mi bagaje, nos separaban siglos.

- ¿Tienes novia? – me atreví a preguntarle.
- No, no tengo novia, – sonrió. - Nunca he tenido novia.
- Pues eres un chico muy guapo.
- Gracias, tú también eres muy hermosa.
- ¿Eso cómo lo sabes? – pregunté con auténtica curiosidad.
- Es lo que recibo de ti. Eres hermosa por dentro.

Jamás nadie me había dicho que era hermosa por dentro. Estaba tan acostumbrada a que celebraran mi belleza externa que no se me ocurrió pensar que alguien me pudiese encontrar hermosa por dentro.

A los pocos minutos, empezó una horrible turbulencia. El avión daba sacudidas bruscas. La gente empezó a gritar y yo a ponerme nerviosa. Rolando me tomó la mano para intentar tranquilizarme. Al sentir su mano, por unos instantes, olvidé la turbulencia y todos mis sentidos se concentraron en mi mano, anidada en la de Rolando.

El piloto nos informó que había una tormenta de nieve en Nueva York y que habían tenido que cerrar los aeropuertos. Nos desviaban a Boston, donde pasaríamos la noche en un hotel, hasta que abrieran el aeropuerto al día siguiente. Al llegar a Boston, unos autobuses nos esperaban. En todas las idas y venidas, yo llevaba a Rolando de la mano para que no tuviese que depender de su bastón. No quería soltar su mano. Nos dieron a cada uno una habitación y acompañé a Rolando a la suya.

- ¿Me invitas a pasar la noche contigo, Rolando?
- ¿Cómo? – preguntó con asombro.

Sabía que iba a ser su primera vez; que nunca antes había hecho el amor con una mujer y deseaba con todas mis fuerzas ser yo la primera mujer que lo iniciara en el camino de los placeres carnales. Pero cuando se cerró la puerta me invadió una desconocida timidez. Rolando no se movía, no hablaba, parecía estar escuchando mi respiración.

- ¿Por qué no tomamos una ducha juntos? – propuse. – Estamos agotados del viaje.
- Bien…- respondió en un susurro.

Comenzó a despojarse de su ropa. Yo también lo hacía acompasada a su ritmo. No quería mirarle, no me parecía justo que yo lo pudiese ver y él a mí no. Entonces, apagué la luz. Seguidamente nos dirigimos a tientas hacia la ducha y nos colocamos bajo el potente chorro sensual y revitalizador. Me di cuenta que nunca me había duchado en la oscuridad total. Todas las sensaciones se me iban magnificando.

Aquella ducha fue una especie de bautizo hacia un mundo de sensaciones desconocidas. Bajo aquel chorro caliente, nos tocábamos y nos enjabonábamos con timidez y ritmos de inocencia. Sus manos se deslizaban por mi cuerpo de una manera distinta, como si quisiera memorizar cada recodo, cada curva, cada pedacito de mi cuerpo. La novedosa sensación de su tacto me llevó a hacer lo mismo sobre su juvenil cuerpo. En aquella oscuridad, mis dedos adquirían un nuevo tacto. Nuestros mutuos recorridos eran lentos. Sentía que su cuerpo me hablaba, y me daba la impresión que él también escuchaba lo que le decía mi cuerpo. Entre nosotros se produjo una honestidad total. Fui entrando en un estado hipnótico y no recuerdo cuánto duró aquella ducha, ni cómo nos encontramos desnudos sobre la cama en aquella oscuridad que me hacía ver destellos de luces dentro de mi cerebro. Sentía la punta de sus dedos pulsar intermitentemente de un lado a otro de mi cuerpo, mientras me mantenía quieta, concentrada en esa nueva forma de acariciar. Después de un rato, le pregunté:

- ¿Qué haces?
- Compongo una sinfonía.
- ¿Una sinfonía?
- Sí una hermosa sinfonía. ¿No la escuchas?
- No… - dije con cierta tristeza.
- Yo la escucho. Se llama “Descubrimiento.”
- Descubrimiento…- repetí - Me gusta.

Me sentí halaga y a la vez perpleja. Estaba acostumbrada a los embistes presurosos de los hombres. Cuando me tenían desnuda sobre una cama, se abalanzaban sobre mí como hambrientos salvajes, manoseándome torpemente, babeándome, frotándose sin delicadeza sobre mí, no demorando mucho antes de penetrarme y luego eyacular, bramando en mi oído como una fiera herida.

Sin embargo, Rolando no tenía prisa; me exploraba milímetro a milímetro con ternura y pueril curiosidad. En su recorrido, sentí cómo se iba despertando mi cuerpo. Me dí cuenta que nadie había reparado jamás en la totalidad de mi anatomía. Se tomaba su tiempo explorando mis pies, cada dedo, cada curva, cada hendidura. Iba recorriendo mis piernas, casi como si buscara algo. Sus manos eran cálidas y suaves; tenía una manera muy distinta de tocar. Me daba la impresión que iba leyendo los secretos de mi cuerpo.

Me sentía tan ligera que pensaba que iba levitar en cualquier momento. Con la respiración entrecortada, sentía ráfagas de temblores y escalofríos recorrerme de punta a punta. Necesitaba abrazarlo, comprimirlo contra mi cuerpo. Quería gritarle que me penetrara. Le tomé la cabeza y atraje su boca a la mía. Él se entregó a mis besos. Nos besamos por largo rato, y siguió besándome toda. Un nuevo recorrido, húmedo de labios y lengua, que me hizo escalar a niveles supra humanos. El placer era tan intenso que hacía brotar lágrimas de mis ojos, lágrimas que resbalaban por mis pómulos hasta morir en la almohada.

Cuando su lengua se concentró en mi sexo empapado, poco tardé en explotar en un orgasmo tan brutal que culminó en espasmos casi convulsivos. El se agarró a mis caderas como un cowboy de rodeo tratando de mantenerse sobre un potro salvaje y siguió torturando mi sexo con su lengua, provocándome orgasmo tras orgasmo. Pensaba que me iba morir de la intensidad y le suplicaba que parase, empujando su frente.

De pronto, se separó de mí y sentí su sexo hinchado penetrar en lo más profundo de mi ser. Se volvieron a apoderar de mí las ráfagas orgásmicas y clavé mis uñas involuntariamente sobre su espalda, mientras me mordía el labio inferior hasta sacarle sangre. Veía colores explotar detrás de mis párpados cerrados. Y por un momento noté cómo mi cuerpo perdía su densidad y se fusionaba con el de Rolando. Nunca antes había experimentado sensaciones tan enajenantes. No recuerdo cuánto tiempo hicimos el amor esa primera vez, ni cuantas otras veces nos volvimos a fusionar esa noche. Apenas habíamos dormido una hora cuando sonó el teléfono informándonos que el autobús estaría en frente del hotel en media hora para llevarnos al aeropuerto.

- Tenemos que levantarnos, – le dije con una mezcla de dulzura y tristeza.

Rolando no me respondió. Simplemente dejaba que sus manos siguieran acariciándome con suma ternura. Finalmente, preguntó: - ¿Nos volveremos a ver?

Entonces fui yo la que me mantuve largo rato en silencio. ¿Cómo decirle que nuestros mundos eran distintos? Yo había luchado toda mi vida por ser alguien, por salir de la pobreza. Adoraba las luces que él nunca podría ver, y las miradas sobre mi cuerpo cuando desfilaba por las mejores pasarelas del mundo, y mi foto en las revistas.

- Mira Rolando, es que…

Me interrumpió. - No digas nada, entiendo…

Quise gritar: - No, no entiendes, no puedes entender.- Yo era una adicta a la vanidad y al egocentrismo y no tenía la fuerza para desengancharme de mi droga.

En el corto vuelo de Boston a Manhattan, viajamos en silencio, con las manos cogidas. A ambos nos corrían las lágrimas por las mejillas.

No fui capaz de despedirme. Cuando salí del avión empecé a correr como una desesperada con mi equipaje de mano. No miré hacía atrás. Sabía que si lo volvía a mirar, podría derrumbarse todo mi mundo.

Un triunfal acorde final, seguido por una abrumadora ovación, me trajo al presente. Rolando saludaba mientras el público aplaudía de pie. A los pocos minutos, una masa humana acudió a felicitarlo. Casi era asfixiante el calor en ese pasillo que llevaba al camerino. Muchas personas me saludan al entrar y salir de camerino. Luigi Citadella, el director de la filarmónica, logró zafarse de cuatro damas parlanchinas y llegó hasta mí.

- Ven Carel, te voy a presentar a Rolando. Le he hablado mucho de ti y de cuánto nos apoyas. - Me tomó del brazo y se abrió paso entre la gente.
- Discúlpennos un momento, – dijo escoltando amablemente a varias personas fuera del camerino y cerrando la puerta. Rolando se puso de pie, pero se sujetó al instante de la silla, como si le hubiese dado un mareo.
- Rolando, no te robaremos mucho tiempo, sólo quería presentarte a la dama de quien te hablé, nuestra gran benefactora la Sra. Medrano.
Rolando extendió la mano, me acercó hacía él y me dio dos besos.
- No tengo palabras para decirle lo mucho que disfruté su concierto, y el conocerle ahora personalmente, - logré decir.
- Es para mí es un honor que haya venido.
Rolando no me soltaba la mano y yo no sabía qué más decirle.

- Espero que acepte dar otros conciertos en nuestra próxima temporada.
- Me encantará volver a tocar para un público tan generoso. ¿Vendrá usted mañana? – me preguntó mirándome a los ojos.
- No creo, tengo que presidir un acto benéfico.
- La espero entonces.
- Aunque me encantaría venir, me será imposible. - Tuve que reiterárselo, pues no parecía haber escuchado mi explicación.
- No importa, la estaré esperando, – insistió.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque siempre te he estado esperando, Carel.

No pude reaccionar. En ese instante tocaron a la puerta y Luigi se dirigió a abrirla. Acto seguido irrumpió el manager de Rolando con otras distinguidas personalidades que querían felicitar al maestro. La gente que entraba me iba empujando hasta que me encontré fuera del camerino. Poco a poco la distancia entre nosotros se hacía mayor. Comencé a andar de prisa; todo se me hizo una gran nebulosa. No recuerdo cómo llegué a mi casa. En la cabeza me martillaban sus palabras.

- Te estaré esperando… porque siempre te he estado esperando, Carel.

Me había reconocido. Sin embargo, yo no me consideraba digna de él. Me había sentido tan superior aquel día que nos conocimos. Yo era famosa, bella y camino a ser muy rica. Él era un pobre ciego que quería ser pianista.

Ahora él era famoso, respetado, rico y mucho más guapo que cuando lo conocí. ¿Qué podría querer de mí? Quizás una venganza, pensé. Me arrepentí al instante de mi mezquindad. Así quizás hubiese obrado yo en su lugar, siempre víctima de mi egoísmo y mi vanidad. La vanidad que me había hecho sentir superior a todos los hombres.

Ninguno me merecía, ninguno había sido el hombre ideal, y por eso de todos me había cansado. De todos me había separado y ahora estaba sola. Tal vez si aquel día en el avión pudiese haber visto en lo que se convertiría mi vida, nunca me hubiese separado de Rolando. Levanté el teléfono y marqué. Una voz soñolienta contestó.

- Vanesa, soy Carel. Perdona que te llame a estas horas, pero es que no puedo asistir mañana al evento.
- ¿Estás enferma?
- No, no es eso.
- Entonces, ¿por qué?
- Porque mañana quiero escuchar a Rolando Mijares.
- ¿No fuiste esta noche al concierto?
- Sí Vanesa, fui. Pero esta noche sólo tocó sinfonías en el piano.
- No entiendo. ¿Qué va a tocar mañana?
- Sinfonías sobre mi piel…

domingo, 13 de junio de 2010

Capitulo 20.- Michelle Reise para Jeannie


Por Ana Rosa Valdez

La diva se ha escondido de mí, lo he perdido todo. Cabizbajo, surco las fronteras de una noche calurosa, buscando alguna alcantarilla donde desparramar mis ánimos bajos. Ella se me aparece con el rostro de Michelle Reise. Yo la sigo por el asfalto reseco, y polvoriento. Ella camina con un gesto de atrevimiento en la mano derecha, haciéndome girar contra ella, contra sus caderas mal dispuestas en la saya. Llegamos hasta la funeraria cerca del cementerio cuando, sin poder percibirlo, desaparece. Michelle Reise desaparece. Luego, espero el amanecer, sentado frente al Cementerio General, y huelo el humor de los cadáveres en la sombra. Llegan las vendedoras de flores, vestidas con trajes largos o blusas sueltas. Dicen que prefieren llegar temprano, para que las flores no se marchiten, y porque hay gente que llega a esas horas para recibir la bendición de los muertos. Yo quisiera que Michelle Reise me bendijera, aunque sea una sombra más, y aunque no esté muerta; quisiera que una vez más apareciera, ocultándola a ella... a Jeannie.

viernes, 11 de junio de 2010

IMAGEN VIRTUAL


Por Miñuca Villaverde

Sólo tenía una saya. La usaba cuando iba a bailar. El resto del tiempo andaba desnuda por la casa. En epoca de frío se tapaba con una manta y salía a la calle envuelta en ella. Para el verano se iba en su carro viejo hasta la playa nudista que distaba sólo una milla de su casa. Los cristales oscuros de las ventanillas impedían ver que llevaba el torso desnudo. Un día tuvo un accidente en el carro, camino del mar, y dejó que el auto culpable se fuera con tal de no tener que bajarse desnuda en la calle. Pues ése era su secreto. El estar siempre desnuda, menos en el invierno o cuando iba a bailar. Por eso trabajaba desde la casa. Los únicos que la veían en todo su esplendor eran los que conversaban con ella desde lugares distantes a través del Internet, conectados por cámaras de vídeo. Muchos pensaban, cuando ella contestaba la llamada y la veían desnuda, que buscaba la pornografía. Pero no, les decía ella, es mi forma de vestir. Usar mi propia piel. Claro que todos trataban de crear una relación sexual a través de las cámaras, pero ella por lo general las evitaba. Convenciéndolos o convenciéndolas -que ambos sexos se comunicaban con ella- de que lo suyo era un deseo de relacionarse, llana y sencillamente. A veces, eso sí, entraba en contactos sexuales virtuales con los que la llamaban. Pero ella, por el nombre que daban en la lista de correo, sabía bien si merecía o no la pena aceptar la comunicación. So big, For men only o Lesbi o Sólo para ti, Carne limpia, no eran nombres que la atraían. Y prefería comunicarse con Pepi o Loly o Soledad o Cristóbal Colón. Nunca sabía el verdadero nombre de ellos. Tampoco ella les daba el suyo. A veces ni la cara les veía. Pues cuando conectaba con la pantalla del comunicante podía verle sólo de la cintura para abajo y una mano extraña moviéndose intermitentemente en primer plano. Entonces cortaba la comunicación y esperaba otro timbrazo del teléfono. Esa noche no se quedó en su casa. Salió con su falda cubriéndole desde el pecho hasta la mitad de los muslos. Tenía cita con uno de sus amigos virtuales, de quien había visto el rostro, a más de otras partes del cuerpo.
Llevaba tiempo conversando con él ,y siendo uno de los pocos que vivían en su localidad decidió hablarle en persona. Más le picaba la curiosidad por verlo vestido que conocerlo personalmente. Fue él uno de los pocos que logró convencerla de que siempre hablaran como si estuvieran en un campo nudista virtual. Dejando a un lado la parte pornográfica de la comunicación, que tanto le molestaba. Así fue. Se dieron cita en un café del centro de la ciudad. Tuvieron que especificar cómo se vestirían; porque aunque se conocían de tanto verse por la pantalla del monitor, no sería lo mismo verse ahora vestidos que desnudos. El le habló de un traje, cuello y corbata. Ella habló de su saya. Olvidó decirle que era roja. Prometieron no hablar de sus conversaciones virtuales en público. Ese tema quedaba para el Internet. Cuando se aproximaba la hora del encuentro ella caminó por la acera de enfrente para observar a los parroquianos del café al aire libre en que se habían dado cita. Vio a muchachas con sus parejas, sentadas, relajadas tomando un trago o algún helado o una comida fresca propia del verano. Vio a hombres junto a sus parejas, comiendo plácidamente. Sólo había uno que, sentado a su mesa, parecía esperar la llegada de alguien. Miraba a derecha e izquierda y le hacía señas al camarero de que esperara para servirle. Justo frente a ella pasó una joven con un vestido sin tirantes, que se amarraba al pecho con una cinta que caía hasta sus rodillas. Lleno de flores, volaba al viento como si sus pliegues fuesen ramas de un árbol de gardenias. Blancas en el diseño. El fondo verde acentuaba esa visión de la naturaleza. Pensó en el rojo de su saya, que llevaba similarmente atada y rizada al pecho. Y hasta se planteó si no sería hora de cambiarla por otra de dibujos más floridos. Cambiando la mirada vio al hombre levantándose de su asiento para acercarse a la mujer, que ahora cruzaba la calle en direccion al café. Notó desde esa distancia que aquella cara le era familiar y supo que era él. Se quedó quieta en su lugar y dejó que los acontecimientos se desarrollaran. La del vestido de flores quedó quieta frente al hombre, al ver que se le aproximaba. Iba a sentarse en una silla vacía pero antes de que pudiera hacerlo, él la cogió por el brazo, le sonrió y la llevó hasta su mesa. La muchacha se quedó asombrada ante aquello pero cedió a tal galantería, o a tal osadía. Que sólo un hombre seguro de sí mismo, como él parecía, sería capaz de realizar. En aquel momento ella comprendió el error. Aquel vestido parecía una falda. Y él había confundido a esa otra mujer con ella misma. Ambas eran rubias, altas. Tenían edades similares y en cuanto a la voz, ya se vería si él era capaz de reconocerla. Pues el sonido virtual era muy deficiente. Y a veces las voces quedaban distorsionadas de tal manera que era mejor escribirse mientras se comunicaban por el Internet. Cansada de esperar a que él se diera cuenta de que la mujer que invitaba a su mesa no era ella, se sentó en un banquillo frente al café, bajo la sombra de un árbol. Los observaba sin dejar de admirar la presencia magnífica de aquel hombre que al levantarse de su asiento había mostrado su altura y su compostura. Quizás vestido lucía mejor que desnudo. No hizo ademán de ir a interrumpirlos. Quizás luego le dijera en una próxima comunicación virtual que se había confundido. Que no era ella sino otra con la que había estado. Y que ella lo había observado todo el tiempo riéndose del error. Pasó un rato largo y entre risas y sonrisas, la pareja, que había terminado ya su consumo, se levantó y salió del brazo de aquel lugar. Para asombro de ella, puesto que se habían prometido antes de verse no irse juntos a parte alguna hasta no conocerse mejor. La amistad o lo que fuera, habían acordado ambos, debería ser algo duradero. O romperse en ese mismo café, dando por terminada las comunicaciones para siempre si no se gustaban en persona. El dirigió a la compañera hacia el auto que tenía estacionado a pocos pasos del café y ella, por mera curiosidad, corrió hacia el suyo, una calle más arriba. Tenía la intención de seguirlos. Poco a poco se fue acercando al auto de él, que se dirigía hacia las afueras de la ciudad. No sabía a dónde iban. Finalmente los vio llegar a un descampado, en donde divisó una carpa que dejaba ver el nombre incompleto de lo que debió de haber sido un circo. Estacionó tras una caseta derruida que la ocultaba a la vista del otro carro y esperó a que la pareja descendiera de éste, siempre oculta tras los cristales oscurecidos del suyo. La puerta del chofer se abrió y él descendió. Cuando ella se preparaba para bajarse de su auto y seguirlos, se contuvo. El hombre cerró su puerta y no fue hacia el otro lado del carro a abrir la de su compañera. Caminó apresuradamente hacia una de las puertas de los remolques estacionados alrededor de la carpa y dejó a la muchacha en el auto. Ella esperó, pero como pasaban los minutos decidió descender del coche y caminar por el estacionamiento hacia el carro del hombre y pasarle por delante a la mujer sentada dentro. Quería verla más de cerca. Quería verle los ojos, si eran azules como los de ella. Porque sólo así podría él haberse confundido tanto como para pensar que era ella. Además, ellos no hablarían de nada de lo que ya habían hablado antes, pues querían verse como si nunca se hubieran visto ni conocido, y no habría más forma de reconocerse que por las facciones.


Avanzó hacia el auto y vio por el parabrisas trasero la melena de la mujer caída sobre el costado izquierdo de su asiento. Dio la vuelta y se fue acercando a ella, y notó que su cabeza estaba desplomada sobre el hombro, como dormida. Reaccionó dando un paso atrás por temor a despertarla. Después de todo, no podría ver el color de sus ojos si los tenía cerrados. Pero la curiosidad y el deseo de jugarle una broma a él cuando regresara y hacerle ver su confusión la hicieron avanzar. Ya justo al lado de la puerta pudo ver por los cristales del carro que la mujer no parecía dormida sino totalmente desmanejada. Vio sus brazos caídos a los lados del cuerpo, medio deslizado hacia abajo en el asiento. Quiso tocarla pero la puerta estaba cerrada con pestillo. Golpeó la ventanilla y miró hacia el remolque a donde había ido el hombre, y entonces lo vio salir acompañado de otro cuyo rostro estaba maquillado como un payaso. Ambos venían apresuradamente hacia el carro. Decidió esconderse y en el tiempo que ellos emplearon en recorrer el tramo lleno de arbustos secos ella logró introducirse en su carro sin ser vista. Quería ver qué pasaba. No era el momento ni de jugar bromas ni de darse a conocer. No quería ser testigo de una mala digestión de la mujer que la había suplantado. Los dos hombres abrieron el auto por la zona del pasajero, como si supieran de antemano de qué problema se trataba. Esto no la asombró, puesto que la mujer podía haberse enfermado en el trayecto y él acercarse a ese lugar que parecía conocer, en busca de ayuda. Pero se hizo también la pregunta, si en el camino había hospitales, ¿por qué no escogió uno de ellos en vez de este circo abandonado?. Entre ambos la sacaron del carro, no sin antes mirar a su alrededor, como asegurándose de que nadie rondaba por la zona desierta del estacionamiento. Algunos autos viejos, incluyendo el de ella, estaban estacionados allí, pero sin gente dentro. Ella se agachó en su asiento, aunque sabía que era imposible verla desde afuera y a la distancia en que estaba. Sintió el portazo del otro carro y asomó los ojos para ver qué sucedía. Vio a los dos hombres caminar rápidamente hacia el remolque, sosteniendo el cuerpo desmanejado de la mujer por los pies y los brazos. Las flores de su vestido que se arrastraba por el piso arenoso ya no volaban al viento, ahora recogían el polvo del camino. Caían sobre éste como ella caía entre los brazos de ellos.
Esperó un tiempo que cada vez se le hacía más largo. No había encendido el motor para gozar del aire acondicionado por temor a ser descubierta, por lo que el calor la sofocaba. Atinó a abrir un poco la ventanilla. Pero no se fue, quería ver qué hacía el hombre. Minutos después lo vio salir del remolque, acompañado del payaso, ya no sólo maquillado sino vestido de esa manera, cargando equipos de fotografía y luces. Se dirigieron hacia la playa que estaba más allá del remolque. Iban y venían, trayendo y llevando todo lo necesario para montar un set de fotografía. Finalmente cargaron un baúl que parecía pesar. Y lo depositaron a la sombra del remolque. Pero la mujer no aparecía por parte alguna. Supuso o quiso suponer que la habían acomodado en una cama y dejado dormir su borrachera. Si era eso lo que tenía. Observó la carpa del supuesto circo y notó sus telas raídas, los escalones de hierro que conducían a sus gradas rotos y deshechos por el efecto del mar. Lo único que denotaba que allí había vida era la pantalla de un ordenador encendida tras una ventana del remolque y la ropa que colgaba de una tendedera junto a éste, de hombre y de mujer. Algunas medias de hilo fino, ropa interior de seda, en negro y en rojo. Batas de dormir transparentes, que nada tenían que ver con el ambiente de desolación y descuido que allí reinaba. Observó entonces cómo más allá de las tendederas, los dos hombres montaban a orillas del mar un escenario digno de una película: pantallas reflectoras, dos cámaras de televisión o cine, sobre sendos trípodes, colocadas en ángulo. Sillas de extensión, pelotas de playa, sombrillas y toallas de colores completaban la escenografía. Atardecía. El payaso se acercó a la tendedera, cogió unas prendas interiores y volvió a la playa. El hombre, sentado sobre el baúl, se quitó los zapatos y luego se desprendió de los pantalones, el saco, corbata, camisa; y finalmente se puso de pie y dejó caer su ajustado calzoncillo.
Ella lo volvía a ver desnudo. Esta vez desde una distancia real, no virtual. Era él. El mismo hombre que le había hablado tantas veces desde el otro lado de la pantalla. Si había tenido la duda cuando lo vio vestido en el café, ahora estaba segura de que era él, porque más de una vez le había enseñado a través de la cámara el enorme tatuaje que llevaba en una nalga; que aunque nunco pudo detallar a plenitud era capaz ahora de descubrir de qué se trataba:Era la cara de un payaso muy similar al que ahora lo acompañaba, y cubría casi completamente su nalga derecha, dándole color. Oyó las voces de los hombres rompiendo el silencio del lugar y entrelazándose con las olas del mar y los vio acercarse de nuevo al baúl, abrirlo y sacar de dentro un bulto que resultó ser el cuerpo desmadejado de la mujer. Totalmente desnudo. Se echó hacia atrás en su asiento y no quiso ver. Pero vio. Y de cerca. Salió protegida por las sombras del atardecer que ya caían y caminó hacia la carpa para refugiarse tras una de sus telas. Tan ocupados estaban ellos en sus labores que no sintieron ruido alguno ni notaron su proximidad. La filmación iba a comenzar. Los dos hombres se apostaron tras las cámaras luego de encender los faroles. Ella vio a la mujer desnuda echada sobre la silla de playa, iluminada por la luz del atardecer. Las cámaras empezaron a rodar. Se hizo silencio. Sólo el batir de las olas se oía. La piel cada vez más pálida de la mujer se tornaba violácea, reflejando el poniente. El hombre dejó rodando su cámara y se aproximó a la mujer, se tiró sobre ella y sin pérdida de tiempo comenzó una danza sexual, en la que la elevaba hacia él, dejando que sus hombros y torso cayeran hacia atrás atraídos por la gravedad, ya sin fuerzas para combatirla. Le elevaba las piernas a voluntad, sin que éstas ofrecieran resistencia. Y hacía a su gusto con aquel cuerpo, en el que la muerte tomaba rostro por minutos. Tirado sobre ella como estaba, podía la cámara ver el tatuaje de la cara del payaso en su trasero. Esa imagen era interrumpida súbitamente por la aparición del propio payaso, que irrumpía en escena haciendo juegos malabares. Lo que aprovechaba el hombre para desprenderse del cuerpo de la mujer y volver a su cámara a filmar la cara de su compañero en primer plano, muy de cerca, sin ver el resto de su cuerpo. Le tocaba al payaso reflejar, con su rostro y no con su cuerpo, el placer sentido al hacer el amor a aquel cadáver. De la risa pasaba al terror, del terror a un rostro diabólico y de ahí de nuevo a la risa. La noche caía y con ella llegaba el fin de la filmación. No sin antes volver el hombre a sus juegos sexuales con el cuerpo inerte de la mujer y enlazarse con ella en esa danza macabra que terminaba en estentores de felicidad.Oculta por la carpa ella observaba aquellas escenas. Cuando cayó del todo la noche salió de su escondite. Ya ellos habían partido, llevando consigo aquel cuerpo, oculto en el baúl del carro.Días después, cuando de nuevo decidió ella abrir su ordenadora y conectarse con su mismo nombre de antes, sintió enseguida el teléfono del Internet y leyó el mensaje que esperaba.
“Payaso desea hablar con Imagen Virtual, ¿acepta”?
“OK”, pinchó ella.
El apareció, no desnudo. Vestido de cuello y corbata. Ella, desnuda como siempre.
“Hola”, dijo.
“Hola”, tartamudeó él, sin saber qué decir, con el rostro contraído. “¿Quién eres tú?”, balbuceó. “¿Cómo, cómo, estás todavía…?” Iba a decir “viva”, pero sólo logró decir “ahí”.
“Es que soy una imagen virtual”, contestó ella, y cortó la comunicación.
Nunca más volvió a responder a sus llamadas.

jueves, 10 de junio de 2010

DRIFTWOOD - Gean Moreno and Ernesto Oroza


DRIFTWOOD - Gean Moreno and Ernesto Oroza - Thursday, June 10, 2010 Miami-Dade Public Library System - Main Library, Auditorium, 101 West Flagler Street Miami, FL 33130 -305-375-2665

Reception and film screening: Thursday, June 10, 6:30-8:30 p.m.
www.mdpls.org / art@mdpls.org / 305.375.5048

miércoles, 9 de junio de 2010

EVERYTHING IS ILLUMINATED (2005).


M. Aspillaga

Excelente adaptación al cine de la novela de Jonathan Safran Foer. Elijah Wood es el protagónico de este “road movie” lleno de peripecias, descubrimientos, humor y sobretodo mucha fibra sensible, una película que ronda una especie de “realismo mágico” a lo ruso, muy agradable de seguro para el que de alguna manera simpatice con la cultura rusa (y mucho mas para una generación de cubanos afines a muchos símbolos y referentes) que aparecen en el filme.
“Todo está iluminado” narra la historia de un joven judío estadounidense interpretado por Elijah Wood, coleccionista de recuerdos familiares, el cual se ve motivado a viajar a tierras ucranianas para buscar los orígenes de su familia, en concreto a una mujer que al parecer salvo a su abuelo de la muerte a manos de los nazis durante la Segunda Guerra mundial. Allí recibe la ayuda de dos guías turísticos muy particulares: Álex (Eugene Hütz ), su abuelo y su perra agresiva en un coche destartalado trasladándose por bellos y exóticos campos y estepas Ucranianas.
Sorprendente el juego con el pasado y el presente, la puesta en escena en sentido general es de una belleza única, la fotografía y el montaje, el color y las actuaciones cargadas de emotividad. “Everything is illuminated” es sobretodo una obra de arte emocional y necesaria. Se funde el tratamiento de una comedia refrescante norteamericana con una puesta inteligente siguiendo lo mejor de una tradición de cine ruso. Por momentos podía encontrarme a Billy Wilder o Max Sennet con Larisa Shepitko, Elem Klimov o los primeros Mikhalkov- Konchalovskiy. Se puede decir que esta cinta se inserta dentro de una corriente cinematográfica y del espíritu de otras cintas como “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” o “Be kind rewind” de Michel Gondry y los recordados “Arizona Dream” y “Gato negro, gato blanco” de Emir Kusturica.


Pelicula perfecta para todo fanático a un buen guión, a una historia cargada de emotividad y poesía, a apreciar cine contemporáneo en su máxima expresión y a viajar a través de la pantalla por lugares exóticos de una parte de la antigua Unión Soviética que particularmente no había visto desde la caída del muro en ningún filme (muy bien una secuencia donde la cámara toma desde la ventanilla del auto los paisajes de Odessa y vemos las famosas escalinatas de “El acorazado Potemkin” junto a un Mc Donald). Otro de los aciertos del filme es su banda sonora, original de Paul Cantelon, además de la selección de un atípico y potente soundtrack mezcla de punk con folk compuesto de temas de “Leningrad”, “Gorgol Boderdello”, “Csokolom”, “Pete Miser”, “Arkadi Severny”, “Kocani Orkestar”, “Tin Hat Trio”.


Un dato curioso es que “Everything is illuminated” fue dirigido y escrito para el cine por el conocido actor Liev Schreiber, quien compartió roles en uno de sus mas significativos trabajos actorales junto a Daniel Craig en ”Defiance” (2008) cinta de Edward Zwick, que también toca el tema de los judíos rusos. Schreiber destaca ser tan buen director como actor con esta muestra.

“Todo esta iluminado” me parece una de las comedias dramáticas que mas he disfrutado últimamente, de una vitalidad y fuerzas creativas enormes.

martes, 1 de junio de 2010

CAPITULO 25. CLOSER.


Por Ana Rosa Valdez

La entrada deslumbrante. Las luces de neón fosforescentes. Intensas y ruidosas. La multitud en la puerta de ingreso. Aglomerándose. Música en mi reproductor de mp3. Death Cab for cutie. Nuevamente. Repetidamente. Los zapatos de tacón alto. La falda a un nivel incontrolable. La escarcha en el pecho. Lastimándome. La espera en la fila junto a la multitud. Los guardias revisándome. Las mujeres guardias revisándome bajo la falda. Bajo la blusa. Sus manos llenas de escarcha. La barra bajo la luz semi intensa. Las chicas a mi lado. Los chicos con los ojos puestos sobre ellas. Riendo. El sorbo de bebida que me hace sonrojar ligeramente. La extrañeza de experimentar la embriaguez. La soledad en mitad de la sala colmada de visitantes. Los ojos de chico rubio a mi lado. Mi asombro. La nota gris en su mirada. Los jeans azules y la camisa de rayas. El cabello despeinado. La chica de mi lado riendo incontrolablemente. Otras dos chicas murmurando.

Chill out a pesar de las ganas de escuchar música suave. El cigarrillo en mi mano. Consumiéndose. Consumiéndome. Atándome por siempre. Dulce vicio… Un nuevo chico a mi lado. Con los ojos enrojecidos. El humo del cigarrillo. Su persistencia. Una invitación a bailar. Mis labios contestando una negativa. Otra invitación, para conversar afuera. Otra vez mis labios diciendo que no. Minutos que transcurren. “Otra tanta de chill out y estaré fuera con este chico”. La música volviéndose más densa. Más triste. The Cramberries. A los tiempos. Luego de tantos años. Seguro a Yanahara le gustaría. Las memorias de la universidad. El piso 13 y “los relatos de horror y misterio”. Conrad. Mía. Clarissa y Elizabeth. El mar justo en frente del departamento. Recuerdos que se desvanecen. La música volviéndose más lenta. Algo romántico. Y otra invitación para salir a bailar. El chico con los ojos puestos en mí a ratos. Mis jeans atormentándome en una postura demasiado incómoda. Mis labios aceptando la invitación para conversar afuera.


Mr. Klimt contando lo mucho que le gustan mis ojos. ¿Una mentira? Algo aceptable. Su mano tocando mi rostro. La bebida haciendo su efecto. El humo de otro cigarrillo levantándose entre sus ojos y los míos. La música a lo lejos. Chill out. Nuevamente. Una llamada telefónica para avisar que se llegará tarde... Sus manos tocándome los hombros. La piel sensible. Los labios quemándome. Las ganas de tirarme encima de su cuerpo. Agarrar su cuello entre mis brazos. Demasiada violencia. Mis ojos cerrándose. Desmayándose. En sus brazos. Chill out en la discoteca. Nuestros cuerpos alejándose. Una banca perdida en la soledad nocturna. Demasiado alcohol. Mis manos temblando. Sus labios besándome el cabello. Caricias profundas. Sin compromisos. Aparentemente. Mi cabeza negando cualquier síntoma de preocupación. Mr. Klimt abrazándome. Escuchando el latido de su corazón en mi pecho. Acercándose. Besándome aún más el cabello. Y las manos. ¡Estando tan cerca! La respiración de Mr. Klimt rozándome las mejillas. El cuerpo que no responde. Se desvanece. Corazón en vilo.


Una llamada telefónica para avisar que no se regresará esta noche. Death Cab for cutie para estimular el sueño. Nada de entregas parciales. Todo a su tiempo. “Quisiera conocerlo más”. Besando sus labios mientras duerme. “Todo es triste ahora”. La madrugada consumiéndose. Consumiéndome. Mr. Klimt a mi lado. Sobre su cama. ¿O sobre la mía? Sin recuerdos esta vez. Sin la sensación de que todo se perderá en algún momento. Encerrada en la piel de sus brazos. Conmoviéndome. Corazón en vilo.