jueves, 2 de septiembre de 2010

Capítulo 19.- Marla en la cocina


Por Ana Rosa Valdez


El reloj sin carga, sin baterías, suspendido el tiempo en una permanencia incesante, demasiado intensa. Marla está sentada sobre el mesón blanco de la cocina, lleva tacones rojos, medias rojas, quizás el esmalte de sus uñas es rojo oscuro, pero es sólo una probabilidad. Pareciera que ella también se ha quedado sin carga, inmovilizada en la fracción de tiempo en que mis ojos la miran, pero hay un detalle que se enciende en su boca, un cigarrillo blanco que enuncia la petición de calmar una angustia. El humo se condensa en la temperatura persuasiva de la estufa, pero el humo que brota de los labios de Marla es como un escape sustancial de su corazón eventualmente convertido en cenizas. Marla se baja del mesón y me toca el hombro al pasar muy cerca, luego ella se desvanece en la penumbra del corredor donde se ilumina una pintura de Chagall semi consumida por el fuego. No escucho el taconeo de sus zapatos rojos, ni percibo el aroma que despiden sus muñecas. He prefigurado un sueño. Quizás Marla siga sentada cerca del reloj plateado que duerme en la cocina, mientras yo la observo desde esta silla mal dispuesta alrededor de la mesa. Quizás Marla no baje, o no se decida por acariciarme en su huida. No he de saber, he prefigurado una coincidencia demasiado probable, y lúcida.

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