lunes, 19 de septiembre de 2011

MAPA DEL CORAZON HUMANO.


Magdiel Aspillaga

Primero me lanzaron desde el puente de mi madre al mundo y ahí apareciste tu, exactamente un día antes, la idea era inicialmente recorrer algunas boutiques de Hialeah y ponernos a mirar como las carreteras se nutren desiertas de rápidas nubes, de casas que se destarran contra el piso dejadas caer desde los cielos y peces que saltan de sus ríos a otros ríos como si se tratara del inicio de “My own private Idaho”. Tu estas hecha como de mucha gente que he conocido y como de mucha gente que estoy por conocer (es una sensación que tengo a veces) contabilizo cada segundo por cigarro que consumes y lanzo la vista con disimulo por encima de los apretados balcones de Coral Gables y un poco mas allá.
Estoy tratando de hacer otra película y me duele la espalda, subo al metro por la mañana, Miami es lindo desde el metro Miami es feo sin tu presencia adentro del mismo metro donde viajo como imbuido de todo el anagrama diabólico sublime que significa el cine, solo tu presente cuando eras joven y presente cuando eras adulta, me haces reír y eso es definitivo, mas presente de calor y de sonrisa, de algo que me sobrecoge de belleza cada vez que me mencionas entre la verdad de tu pelo insinuado en rubio y la medida profunda en tus caderas, la prolongación tranquila de tu mano a la mía y de ambas manos significando al tiempo. Tu me recuerdas la película “Map of the human heart”, elementos cursis y necesarios como que yo pudiera ser esquimal y tu una india, que puedo ser piloto aéreo a pesar de mi terror a los aviones, que si te pienso debajo de mi es obligatoriamente sobre un globo que si te pienso encima de mi es retirado a mi partida sobre un terrón de hielo bajo la nuca dispuesto a dirigirme a ese lugar donde van los pilotos aéreos y los esquimales y los dioses que no tienen nombres y la muchacha azul que le salió a Pinocho y todas las personas que son luces de tonos rojizos y naranjas y viven bajo el metro o el avión con el que sobrevuelo esta mañana. Miro a una anciana frente a mi que me mira mientras se convierte en una hormiga gigante como en “Old boy” y me saluda afablemente, y de que va todo sino de pensarte enfermizamente y por alguna extraña razón sin sentido posible, murmurar, sacar a pasearme a mi mismo por lugares que conozco de siempre y que seguiré reconociendo. Mudarse, herir, cantar, bañar, humear, sobrevolar seguir sobrevolando, de polo a polo y sobre cuando meridiano sea posible NW SW MW o cualquier otro acento a google earth. Suena un tecno en el horizonte se escapa de los audífonos de uno que va delante de mi, es casi un palimpsesto algo que se define inerme presente y a su vez invisible pero me hace recordarte y eso no es bueno y a la misma vez lo es demasiado. No tengo nieve sobre la que correr, no voy en tren voy en avión como diría el otro poeta (estamos rodeados) todo no es mas que una cuestión de mirarnos y reír, tus amigos caen desde el cielo, las monjas caen desde el cielo, Patrick Swayze y Keanu Reeve se tiran desde el cielo, yo miro abajo a ver si doy pie y me puedo tirar algún día.
Tu te pareces a una actriz que yo he visto y estoy loco por verte gritar, a veces sin razón y otras con mucha, por atarme al mineral de tu nariz y al perfecto conjunto que hace tu tamaño con mi ausente, que es un ausente de cartón con pedazos de aluminio como algunos aviones como algunos trenes. En la inmensidad de la noche y la ciudad un hombre simple duerme atado a las caderas de una mujer, buenos días buenas noches en este septiembre ardiente y taciturno.



Foto de Karina Geada.

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