martes, 20 de diciembre de 2011

KINO-MEMO: “Los indios del desierto de color”.


Por Joseph Santovenia.

Hoy las nubes plomizas de una temerosa temporada sobrevuelan las majestuosas olas que tengo frente a mi hogar. Paseo con mi perro Karlof por una arena salpicada de salteados bultos de yerba gris. Sarasota a estas horas de la mañana parece el primer lugar del universo, un lugar virgen para ese extraño animal que se llama cine y al que he dedicado mi vida. A veces llevamos recuerdos que guardamos bien adentro y que nunca compartimos con nadie, son como sueños de los que dudamos hayan podido suceder realmente. Karloff corre persiguiendo un sargazo movido por el viento, creyendo ingenuamente que se trata de alguien vivo, de alguien que nos viene haciendo compañía en este delicioso desierto.

En otras ocasiones me detengo detrás de los amplios cristales de mi estudio mientras bebo lentos sorbos de vodka con leche y Prokofiev suena a mis espaldas mas terrestre que nunca. Miro a la inmensidad marina con el incrédulo temor lovercraftiano de que pueda salir en la noche alguna peligrosa criatura dispuesta a invadir mi casa. Deambulo entre viejas bobinas Pathe, Gernaut & Trapitche, entre proyectores antiguos, linternas mágicas y bellos rotoscopios, paraxinoscopios y bombillas de entre los que me sale la imagen de la bella Zafira, diosa iraní con la que hube de vivir uno de los más bellos romances de mi vida (pero ya esa es otra historia) ahora sólo es el cine y afloran como siempre a estas horas recuerdos lejanos.

Viajo entonces hasta el crudo invierno del 73 en Buffalo, la ciudad blanca y profunda de la que tanto hablo Pérez Dinarte en su biografía, “…blanca y profunda como un mal grito…” diría el exiliado argentino. El motivo de mi visita era la recogida de las bovinas que había donado Linda Cunningham la viuda del cineasta Herbert Cunningham a la cinemateca de Bristol y a su vez la cinemateca contrató nuestros servicios para la restauración de la misma.
En aquellos años me encontraba trabajando para la compañía de revelado y restauración de filmes “Cats and miaus” cuyo propietario Yani Mitze había trabajado como químico mezclador en los pioneros laboratorios de la Metro Goldwyn Mayer, quién después de ser expulsado a grito pelado por el propio Samuel Goldwyn decidió fundar su propia compañía la cual navegaba con bastante clientela dentro y fuera del país.
Herbert Cunningham es un cineasta poco conocido yo diría desconocido o como algunos jóvenes de ahora titulan con bondad “de culto”. Herbert “the quiet”, o Herbert el tranquilo como era conocido en los estudios comenzó como asistente de dirección de muchos que después se convirtieron en grandes como Raoul Walsh, John Ford o Billy Wilder. Su capacidad organizativa fue decisiva para que los estudios pusieran en sus manos el guión de la cinta que da título a este recuerdo, “Los indios del desierto de color”.
Basada en el libro de la escritora feminista Christina Perrignan Norton (The siux from the color’s desert) el cual fuera un bets-seller en los tempranos años veinte. La historia se desarrollaba en el lejano 1870 en plena conquista del oeste americano por las tropas del coronel Simpson y su ayudante T. Lambert (en las memorias de Lambert “Life with swords and feets”, menciona el suceso real en el que se basa la novela 60 años después).
Un cabo del ejercito dirige un pequeño escuadrón llevando en su travesía conquistadora a su bella esposa Laetitia. Laetitia conoce por accidente un día en que se aleja del regimiento a “Eye of birdbell” o Ojo de ruiseñor, un joven siux que se enamora de ella. La joven y bella Laetitia también cae enamorada del joven nativo y ambos huyen dejándolo todo atrás, ella a su esposo, él a su tribu, emprendiendo una huida por los desiertos de Sonora.
Lo que en los años veinte fue una bucólica historia de amor ambientada en el exótico marco del bello oeste, en el año 51 en que Herbert el tranquilo rodaba la película era por el contrario un manifiesto político que podía ser visto por el stablishment como un ataque comunista y así mismo sucedió.
La película se rodó en el sur de San Diego y en las húmedas naves de lo que es ahora la cara ciudad de Century City, inclusive llegaron a montarse las primeras secuencias por el editor polaco Mathias Krawer quien llegó a California huyendo de Stalin, la edición no se finalizó. El filme terminó con un juicio a Herbert y los tres guionistas acusados de comunistas, los rollos terminaron encerrados en los sótanos de los estudios con orden mayoritaria de nunca ser sacados a la luz. Herbert fue usado de chivo expiatorio para librar de la culpa supuesta y falsa de ser comunistas los altos ejecutivos que al final eran quienes habían dado la orden de rodarla pensando que el antiguo éxito literario llenaría sus arcas y lujuriosos placeres beverlihillnianos. Para los actores protagónicos también fue la primera y última relación con el cine, el propio Montgomery Cliff que interpretaba el personaje de "Guerrero" un sureño devenido colono fue cuestionado por su participación en el filme de la cual salió airoso.
Herbert el tranquilo, fue separado para el resto de su vida del cine no solo por haber realizado la película sino también por la delación de un testigo que aseguraba haberlo visto en una reunión clandestina del partido comunista en su natal barrio de la pequeña Odessa al este de Hollywood. Esto en el Hollywood de aquellos años asediado por la caza de brujas de McCarthy era más que suficiente para sacar a cualquiera de circulación.
Aquella invernal mañana en que toqué parado sobre una loma de nieve a la puerta de la casita de Linda, la esposa de Herbert, ha sido inolvidable para mi.
Me abrió la entrada la anciana que me recordaba a la Katherine Althier de “Sometimes in to you”, un rostro tranquilo y sereno que se ve fue hermoso muchos años atrás.
Recuerdo que tomamos té y degustamos bizcochos, y entre anécdotas me contó de la locura de Herbert, su alcoholismo, su partida para siempre sin despedirse hacia el desierto de Sonora donde desapareció completamente. Unas lagrimas tímidas asomaron sus ojos y yo quise haber sido el hombre invisible para que no me viera, por lo menos no ocupar esta intimidad que sentía no era mía.
Alguien había mandado cinco rollos desde Los Angeles a la antigua dirección del matrimonio Cunningham en New Jershey. Nunca se supo quien los envío. UPS la hizo firmar un invoice donde el remitente permanecía vacío. –Pensé que estaría mejor en manos de ellos (ser refería a los de la Cinemateca) a Herbert le hubiera gustado la idea - dijo con la voz entrecortada pero muy joven.
Me despedí de Linda y de Buffalo cargando en mi Ford las bovinas y una historia que me dejaba el pecho cerrado y triste.
“Los indios del desierto de color” era un filme desconocido para mí completamente y aunque algo escuché entre pasillos de algún lugar, no tenia información precisa sobre la película hasta aquel día en que excitado la visioné junto a mi ayudante. Se trataba de una obra bellamente filmada, Herbert supo mezclar las grandes tomas panorámicas de paisajes exteriores con los fríos y encartulinados interiores rodados en estudio. Mucho disfruté, viví, me transporté y emocioné con este visionaje, según el libro, al final Laetitia y Ojo de ruiseñor son baleados cuando se bañan en un río por el marido celoso y por un grupo de siux que creen que Ojo de ruiseñor es un traidor, como la copia que vi solo tenía cinco rollos no pude por suerte ver este trágico final que Herbert mantuvo en el filme, solo terminé en una larga toma en grúa en que la pareja feliz se pierde en el desierto amorosos mientras cabalgan un bello corcel.
A pesar del encierro no estaba tan dañada y no pasé mucho trabajo en la restauración, terminado el asunto la enviamos a Bristol donde al parecer no tuvo muchos más espectadores como condena a vivir encerrada y ocultando la belleza que posee, a oscuras como un pedazo incompleto de memoria.

A veces me siento un poco como Herbert Cunningham “el tranquilo”, lo único que la arena de mis pasos es de salitre, permanente novia del agua, lejana de la arena cruda y caliente de Sonora, hermanas que en ninguna calmarás la sed.

Sarasota. 3 de diciembre del 2011.


Joseph Santovenia: Restaurador fílmico, investigador cinematográfico y coleccionista. Nacido en Cuba en 1945 emigró con su familia a los Estados Unidos aun muy niño. Estudió ingeniería aérea en el Royal College Institute of Baltimore y Doctorado en química e historia médica en Princeton. Es una de las voces más avanzadas en el mundo de la restauración fílmica. Posee una importante colección de objetos de cine entre los que se cuentan el palinoscopio diseñado por Eduard T. T y desarrollado por Edison. Entre sus libros más importantes se encuentran, “Morir antes de…”, “Tale for a dog and a writer”, “Symphony for Mr DeMille” y “Como inmortalicé un rostro”. Reside en Sarasota, Florida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

encantadora nostalgia de Santovenia... maestro entre maestros!