sábado, 6 de agosto de 2011

LAS HORMIGAS Y EL AMOR


Griselda Ortiz

Las hormigas llegaron con el desamor. Empezaron a aparecer poco a poco. Tres o cuatro hormiguitas tímidas en el plato del perro, dos en el mostrador. Nada demasiado sospechoso. Las miraba indiferente mientras esperaba esperando nada.
Yo no sabía entonces lo que estaban trayendo. Triste estaba, es verdad, hacía mucho, pero ni podía identificar el punto de origen de mi tristeza. En un momento comencé a envenenarlas sin piedad y hasta lo comenté mientras cenábamos sin esperar respuesta. Después, cuando se impuso el silencio, dejaron de molestarme y empezaron a poblar rincones, a caminar descaradamente por todas partes a cualquier hora del día.
El tedio es cuando a uno deja de importarle incluso lo que más le importaba.
El día después del final eran dueñas de la casa y avanzaban seguras de un lugar a otro sin siquiera cargar una miguita de pan para justificar su quehacer.

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