miércoles, 11 de abril de 2012

PROYECCIONES.

AQUÍ EN "PENULTIMOS DÍAS".


Para Keyla
En la escuela primaria nos sacaban dos veces por semana para llevarnos a la Casa de la Cultura donde con un proyector portátil de 16 mm nos ponían diferentes películas. Antes de salir te paraban en fila y no se podía hablar, tenías que estar arreglado, la camisa por dentro, la pañoleta bien anudada y peinado, después, según tu tamaño era tu posición en la fila india que se formaba y según los tamaños entre hembras y varones te tocaba la niña de la cual tenías que ir atado de mano en el recorrido hasta el improvisado cine. Creo que crecí bastante rápido hasta el quinto grado por lo que pude escalar de mano en mano hasta finalmente poder atarme con la niña que me gustaba realmente, pero cuando lo logré, al próximo curso había crecido más por lo que volví a perderla, pequeñas novias imaginarias que eran mis novias sin saberlo.
Aquellas visitas eran todo un ritual sagrado, llegar para sentarnos en el piso de losas decoradas en rosado, rodillas cruzadas y ver, ser testigo de algo que después comprendí me cambiaría la vida para siempre. Los filmes que nos ponían iban acompañados del sonido característico del proyector y del susurro despreocupado de las “auxiliares pedagógicas”. El proyeccionista era un hombre gris que parecía salido de las mismas películas que proyectaba casi todas infantiles de toque social realizadas en Europa del Este; recuerdo varias, una de ellas era la historia de un niño soviético que viajaba en un enorme bote por un mundo completamente inundado, de pronto empezaba a llover afuera, la lluvia se filtraba por las rendijas de la gigante puerta de la Casa de Cultura de Aguacate y yo cerraba los ojos seguro de que en minutos todo iba a estar inundado; otra cinta sobre las hazañas de unos guerreros rusos de la edad media que luchaban contra extraños dragones de poliéster y neumáticos; otra de unos jóvenes (estoy seguro que eran húngaros) que no se adaptaban a la escuela y rompían las ventanas y no se ponían el uniforme por dentro y deambulaban por azoteas embadurnadas de nieve y cortantes tendidos eléctricos. Había otra de unos niños muertos que hablaban con otros niños vivos, y se hacían amigos… Años después una de las niñas de las que me até para ir al cine murió de una hepatitis mal cuidada, tardes de cine para ser recordadas, tardes lejanas de algo que no está, yo recién empezaba a entender lo que significaba la muerte, la vida era algo más común, algo vinculado con el presente y lo cotidiano —estamos vivos, hay que estar vivo, es un vivo, estar a la viva— frases que receptaba todo el tiempo, pero de la muerte, sólo aquellos niños que se hacían amigos entre un estado y el otro. Tardaría mucho tiempo después en volver a sentir esa sensación, me sucedió cuando vi por primera vez Hiroshima mi amor de Alain Resnais. El mismo olor, oscuridad, frialdad, sonidos del aire acondicionado irregular mezclados con el viejo proyector en una vieja sala de cine, llena de años y cosas pasadas:
Dentro de unos años cuando te haya olvidado… me acordaré de ti como del olvido del amor en sí, pensaré en esta historia como en el horror del olvido.
Casi toda la fila india se desparramó por el mundo y por la vida. Los que se quedaron en Aguacate trabajaron en empleos comunes tuvieron hijos y se hicieron un poco más viejos porque vivieron rápido muchas cosas, los que se fueron quedan en la memoria del ausente y el terreno del ausente, por eso se declaró el día del “aguacatense ausente” que es un homenaje a todo el habitante que se ha marchado de allí y en Miami se organiza la fiesta de los hijos de Aguacate y se trata de recordar el origen de los que ya no estamos allá porque la ausencia es el primer aviso de la muerte, y la ausencia es algo para lo que no estamos preparados todavía. Antes la ausencia para mí era la ausencia a clases, el papel del médico de que habías estado enfermo y la alegría de quedarme en casa con mi madre escuchando radio mientras los flamboyanes del frente de mi casa ondeaban como titanes contra el cielo. Ahora la ausencia es la simple y llana oscuridad en la sala de algún cine mientras lanzo pequeñas piedras contra un charco pensando sobre lo que puedo escribir en esta película, la última película y la próxima mujer, la última mujer y el próximo guión, la última idea y el último suspiro, la próxima proximidad con la muerte, eterna enemiga de este evento raro y meditativo que es el cine, el cine como continuación infinita de la vida mezclada con luces y personas raras que viven dentro de un proyector, vida que se debate en continuar el show por encima de lo que estaba destinado.