sábado, 4 de abril de 2009

Sección “Los extraños casos de la orquídea salvaje”: Episodio 2. Canguros a la medianoche.


Por Clarissa Muller

En estos días fumo demasiado, ya no puedo hacer concesiones con el cigarro. Siento una ganas repentinas de llenarme toda de humo hasta que mi asma me lo permita y mi bolsillo también. Escucho Say hello to heaven del Temple of a dog y miro con nostalgia las fotos de mi novio colgadas en la pared. Está tan lejos ahora y acaba de saltar la canción, debe estar rayado el disco. Repaso unas cuantas lecciones de inglés y me aburro en la brevedad de este escritorio. Aparto suavemente los cuadernos y enciendo la TV. Ansiosa busco algo interesante y la dejo prendida para imaginar que las chicas no se han ido y como de costumbre la tele permanece encendida aún cuando nadie la está viendo.
Mis compañeras de piso se han marchado y siento un poco de alivio, pero esperar tanto su partida me ha hecho recordar que estoy completamente sola. Me ducho y salgo apresurada del baño para no atrapar el típico resfriado del baño a las once y media de la noche. Cierro la puerta del balcón y mi vecino predilecto como de costumbre cierra silencioso las persianas coincidentemente. Miro descuidada la TV y trasmiten un documental sobre los canguros australianos al tiempo me desenredo cuidadosamente el pelo. Busco con ansiedad un cigarrillo y descubro enojada que se han agotada, estrujo la cajetilla y presiento que no tengo mucho dinero tampoco. Encuentro exasperada algunas monedas ocultas en el refajo del bolso, creo que alcanzarán para unos cuantos cigarrillos sueltos. Atropello las escaleras y la cafetería queda a cuatro cuadras largas. Caminando recuerdo algunas fotos de Gemma Ward que le mandé por e-mail a mi novio y de nuevo intento apresurarme.
No me gusta andar sola de noche y paso furtiva frente al Le Blanc Club. Un joven varado en la puerta me haces señales de humo para que me acerque. Time of trouble es el segundo tema del Temple, le hago caso, sólo quiere simular que somos pareja para poder entrar, él paga el ticket de ambos y yo desaparezco con una cerveza. Recuerdo mis cigarros pero igual ya estoy dentro. Sofía está justo frente a mí pero a unos cuantos metros y aún sigo cerca de la entrada esperando la señal de que ya puedo irme.
Sofía se parece un poco a Gemma o tal vez lo imagino, la cara un poco ancha, redondísima, el mentón perfectamente terminado y simple, esbozado sutilmente el ángulo, los labios muy finos y pequeños. ¿Le habrían llegado aquellas fotografías? Sofía nunca me miró, a pesar de que continuaba sentada frente a mí. Era muy alta podía notarlo por la rectitud del torso y la amplitud del brazo al reclinarse a recoger algo caído al suelo. La miré lo suficiente como para notar que algo me hacía dudar de su perfección. Sofía me hizo renunciar a mi devoción por aquella imagen de Richard Avedon, en la que una mujer vestida de blanco flotaba en el agua con el cuerpo totalmente hundido, los pies descalzos y el rostro fuera del agua nunca puede verse. Me acerqué lentamente hasta que estuve lo suficientemente cerca como para poder inclinarme hasta su oído y segura le pregunté: ¿Me prestas uno? Es que he olvidado los míos. Clarissa, mucho gusto. Sofía, el gusto es mío. Me extendió el briquet, lo recogió y salió apurada hacia la pista de baile con un joven que le tendió la mano. Me alejé hasta la salida y me volví al piso sin esperar nada, me recosté al sofá y apagué la tele. Busqué en el bolso y recordé que aún no tenía cigarros.

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