viernes, 6 de enero de 2012

Capítulo 29.- En la sala B


Ana Rosa Valdéz

Tu cuerpo te traiciona, colapsa. Tú colapsas. Ya nada resiste. Una hoja se agita en el viento. Gritas en la oscuridad de tu cuarto un nombre innombrable. Te sientes ajeno en la proximidad de otros. Alguien te cuida, su ternura podría conmoverte pero el pulmón derecho te lastima. Parece que te ahogas, tu cuerpo se rinde. Lágrimas que ruegan en el asfalto. La lluvia se niega a tocar tus heridas. El asco. La náuseas. Las ganas de quitarte todos esos cables que te unen a las máquinas de supervivencia. Quieres un poco de agua, sólo un poco, lo suficiente como para que no se resequen tus labios. La piel áspera, los ojos húmedos y muy abiertos, esperando que el reloj avance, pero nada, las horas transcurren despacio. Nuevamente tienes ganas de gritar en la oscuridad del cuarto, pero hay mucha gente que grita más fuerte que tú. Seguro que no te escucharán y habrás gastado un poco de la energía que aún te sostiene. Amanece. Pero pronto cae noche. La luz del día no tarda en reaparecer, pero otra vez las nubes grises cubren el cielo. La noche. El día. La noche. Las jeringas, los sueros, las vitaminas, los minerales. Qué simple. Todo tan a la mano, en las frutas, en las verduras, en el vaso de leche que hoy te niegan. Todos deciden menos tú. Todos tienen algo que decir, pero lo que tú dices carece de sentido. Es de día, pero la fluorescente es más intensa. Y lastima tus ojos.

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