lunes, 9 de enero de 2012

LOS LUNES DE SIGNOS: LA YEGUA DE ALBERTO MOYA.


Por René Batista Moreno. Publicado en "Signos 49", 2004

La yegua que está pa’ uno
no hay caballo que la «coja».
TORIBIO GARAÑÓN


Aquí se cuenta la historia de las familias Moya y Garañón (Hernández, si la llamamos por su verdadero apellido). La primera se jactaba de que sus yeguas eran invulnerables a los ataques sexuales de personas y animales, mientras la otra ejercía el bestialismo (1) de manera deportiva. Pero no fue hasta 1955 cuando dos descendientes de estas —Alberto y Juan— se vieron involucrados en una disputa que terminaría con el prestigio de que gozaron los Moya durante tantos años.

Yo vivía en la zona donde se produjo el encuentro, y conocí el lugar exacto. La familia Garañón radicaba en Aguas Negras, mientras los otros vivían en la zona del Pesquero. Conocí a Armando Pérez, joven de catorce o quince años por entonces, quien junto a sus amigos Burucha y Chacumbele promovió la disputa. Conocí al anciano Cheo Crica, muy amigo de mi abuelo, y también a Felino Torres, un fabulador con un estilo muy rico al contar historias. Felino decía haber conocido a estas familias desde hacía mucho, y narraba las andanzas de Toribio, Rodolfo y Tomás Garañón, los tres más grandes «cogedores» de yeguas de todos los tiempos, según él.

A Felino Torres y a Armando Pérez los entrevisté en junio de 1989. Felino murió poco después, y Armando aún vive. Lo que se cuenta aquí ocurrió en realidad, aunque los testimonios han sido enriquecidos por la imaginación y el humor de sus narradores.

ARMANDO PÉREZ
Alberto Moya tenía una yegua que no se dejaba arrimar a la gente. Pateaba, mordía. Sólo Alberto podía acercársele y montarla. Él se vanagloriaba de que a los Moya nunca les habían «cogido» una de sus yeguas, ni personas ni caballos: ellas nacían y morían vírgenes, ¡lo que se perdieron esas yeguas, pobrecitas!
Nosotros estábamos locos por «cogerla»; pero era muy peligroso. Aquí había unos cuantos profesionales, con muy buen «currículum», sin embargo no se atrevían. Una vez Daniel Moreno lo intentó, y la yegua le partió cuatro costillas. Los «cogedores» de aquí no podíamos hacer nada y nos sentíamos muy molestos. Pero un día, en una fiesta que se dio en El Mamey, hablé con Cheo Crica del tema. Él tenía cerca de noventa años y me dijo que conocía desde niño a la familia Moya, y que eso venía desde más atrás, que era una tradición, y me aconsejó que viera a Juan Garañón, en Aguas Negras, que Juan podía resolver el problema, aunque pensaba que ya se había retirado de esos menesteres.

(Monumento ecuestre a Martínez Campos quién abandonó la isla por la vergüenza de lo sucedido)

FELINO TORRES
La familia de los Garañones era terrible: los mejores «cogedores» de yeguas de todos los tiempos, con fama sobrada, reputación, inteligencia, eran muy creativos y valientes. ¡Qué valor tenían esos hombres! ¡Cómo sacrificaron sus vidas! Porque,¿qué mujer se iba a casar con un «cogedor» de yeguas? No tuvieron un hogar, no tuvieron hijos, ¡qué sacrificio, mi madre, qué sacrificio! Para ellos todas las yeguas eran vulnerables: no había barreras ni muros de contención. Bueno, mire, Toribio Garañón era capitán mambí, y tres días antes del Pacto del Zanjón, le templó la yegua al general Martínez Campos, ¡nada menos que al Capitán General de la Isla! Fue un triunfo sonado para las armas mambisas, porque Martínez Campos se sintió tan humillado que renunció a su cargo y se fue del país. Pero hay más: ocurrió una tarde, cuando la Guerra del 95, a Toribio lo agarraron coqueteando con la yegua de Valeriano Weyler, y este lo mandó a fusilar. Y se dio el caso, en el siglo XX de Tomás Garañón, El Demoledor. Ese viajó por toda Cuba «cogiendo» yeguas: estuvo en Baracoa invitado por Esther La Rusa (2), en Isla de Pinos, en San Juan y Martínez (Pinar del Río). Allí, para cerrar con broche de oro, le templó un mulo a Joaquín Correoso, un isleño de muy malas pulgas que vivía en el lugar. Pasó por La Habana, Matanzas,Camagüey... Fue una cruzada contra las yeguas vanidosas y engreídas que creían que nadie podía «cogerlas».

Pero dentro de los Garañones estaba Rodolfo Garañón, le decían «El Violento». Vivía en el Monte Cundiamor, en una cabaña. No trataba a la gente. Vivía en un ranchito de piso de tierra. Una vez lo vi y me escondí, porque metía miedo, tenía más de seis pies de estatura, unas botas que le llegaban más allá de las rodillas, un machete enorme, un cuchillo, un hacha. Fumaba una pipa de cañabrava y tenía puesto un sombrero roto y a la diabla. ¡Ah!, y tenía una barba muy espesa. Bueno, ese hombre, ¿qué hacía? Pues bien, era «cogedor» de yeguas salvajes, siempre estaba metido en las cayerías: en Cayo Romano, donde había alrededor, por aquellos tiempos, de tres mil y pico de yeguas salvajes; en los Ensenachos; en Cayo Francés; en Cayo Cruz; en Cayo Fragoso... Nunca «cogió» una yegua de la isla. En el año 1956 salió para Cayo Sal, una propiedad inglesa, y no regresó más, aunque se tejió la leyenda de que tenía una herrería en Londres.

Pero hay más de los Garañones, porque no sé si usted sabía que fueron criados con leche de yegua. Por eso ellos decían que las yeguas eran sus segundas madres. Y qué respetuosos eran con esos animales, ¡qué sentido del respeto, del honor! Un día a Julio Guayacón se le ocurrió decir en la tienda del Pesquero que todas las yeguas eran putas. ¡Y pa’ qué fue aquello! Tito Garañón, que lo oyó, le dio tres trompadas, lo sacó del lugar, lo llevó a donde estaba amarrada la yegua del negro Candela, lo hizo arrodillar, y le dijo: «¡Pide perdón, degenera’o, a esa yegua y a todas las yeguas de Las Villas!»

Sí, porque los Garañones eran regionalistas y pico, ¿qué les importaban a ellos las yeguas de otras provincias? Y Julio pidió perdón y dijo que estaba muy arrepentido. Pero, ¿qué pasó después?, bueno, que las yeguas se enteraron, no sé cómo ocurrió, pero se enteraron. Y entonces cuando pasaban cerca de Tito o Tito pasaba cerca de ellas, comenzaban a caminar con un trotecito y levantaban el rabo, y lo mantenían en alto y seguían con el trotecito. Y muchos decían que eso era señal de agradecimiento por lo que él había hecho: defender el honor de las yeguas.

ARMANDO PÉREZ
Fuimos a Aguas Negras. Llegamos a casa de Juan Garañón, y un anciano nos mandó a entrar. En las paredes del comedor había fotos de las yeguas más famosas del mundo, y reconocí a la del príncipe Alberto, la de Alfonso XII, la del emperador Mussolini, y la más famosa de todas: la yegua de Tom Mix. Preguntamos por Juan, y el viejito nos dijo que estaba en la arboleda.

Y sí, allí estaba, sentado bajo un dagame y fumando con una pipa. Era un hombre como de cincuenta años de edad, canoso, flaco, y se le veía fuerte.
Le contamos por qué fuimos a verlo, y quedó pensativo, dio dos chupadas a su pipa, y nos dijo:
—Esos Moyas son unos fatos; yo nunca les he hecho caso, pero parece que hay que darles una buena lección. Este es un encuentro que puede ser muy profesional, bueno, eso depende del grado de preparación que tenga la yegua, y lo voy a conocer desde aquí. Díganme de qué color es, cuál es su tamaño, cómo tiene el rabo, las crines, las ancas, dónde la amarran: en lugares llanos o de mucha vegetación, o si la esconden; si es de trote o de marcha, cuántas veces a la semana la bañan, y si hay un lugar elevado desde donde observarla.

(Waleriano Weyler ofendido usó el fusilamiento como escarmiento)

Le dije que era dorada, pequeña, de rabo y crines tusados, de ancas cortas y gordas, que la amarraban en el llano, que la bañaban tres veces a la semana, y que había una lomita, a unos cien metros, de donde se podía observar. Y nos dijo:

—Miren, muchachos, ustedes no conocen nada de esto. Ustedes son «cogedores» nuevos, con muy poca experiencia; pero esa yegua está muy bien preparada, y el terreno ha sido escogido para que todo el que se le acerque sea detectado. Miren: es dorada, es malo: cuando el sol le da, encandila la vista; bajita, es malo: pierdes el control sobre ella y te saca un par de patadas de donde menos lo esperas; las crines y el rabo tusados, es malo, malísimo: no tiene punto de agarre, no puedes sujetarte; ancas cortas y gordas: eso se prepara, se le amarra una cincha de guamá cuando es una potrica y con el tiempo se logran esos resultados. Tampoco hay donde agarrarla, donde sujetarse y eso obliga a «una cogida en el aire» y, para la edad que tengo, no sé si resulte. El baño es una manera de tratar de quitarle sus olores naturales, de que la yegua se te pierda en las noches, porque a veces un buen «cogedor», en las noches oscuras, tiene que trabajar con el olfato, a base de olfato nada más. Si es de trote, es fuerte, las de trote se resisten con más violencia... Esa yegua está muy bien preparada, no va a resultar fácil. Y yo le dije:
—Hay algo más.
Y me preguntó:
—¿Qué cosa?
Y yo le dije:
—Que todas las semanas Alberto Moya le afila los cascos con una lima. Pero hay más: la yegua tiene los cascos de canda’o y es patizamba cerrada. Entonces dijo:
—Ah, ¡ese cabrón de Alberto Moya! Voy a ir, coño, acepto el reto, vengan a la noche, a las nueve, voy a prepararme ahora mismo. Y no se lo digan a nadie, nadie puede saberlo, solo ustedes y yo.
Salimos de allí muy contentos, el corazón nos decía que ese hombre sí se la templaba, y había que apoyarlo en todo. Nos llegamos a la elevación y construimos un varaentierra para que pernoctara. Así lo apartábamos de los demás, cosa que él quería, y manteníamos el secreto. A las once de la noche llegó, con una maleta grande, acompañado de Burucha, quien había ido a buscarlo.
—¿Dónde está la yegua? —preguntó.
—Allá abajo —le respondí.
—Pues bien, vayan para sus casas, yo voy a descansar y a pensar mucho, porque si me descuido, no salgo vivo de esta. Ustedes no tienen conciencia de lo que está ocurriendo, muchachos, eso que está allá abajo no es una yegua: ¡Es un tanque de guerra con rabo!

Y se metió en el varaentierra. Por la mañana temprano lo visitamos. Estaba detrás de una piedra, y con unos anteojos de la Marina de Guerra de los Estados Unidos observaba a la yegua. A veces dejaba de mirar y hacía anotaciones en una libreta; otras tomaba un cronómetro, observaba con mucha atención y hacía nuevas anotaciones. Tomó, en una oportunidad, un puñado de tierra y lo lanzó al aire e hizo nuevas anotaciones.
—Mire —le dije—, le trajimos agua para que beba, chorizos, salchichones, latas de galletas, vino tinto, así no tendrá que cocinar nada y, todas las mañanas, le traeremos dos termos de café.
No me oyó, seguía observando a la yegua, y así lo dejamos.

Una mañana fuimos a llevarle el café y lo vimos acostado aún.
—¿Qué le pasa? —le pregunté.
Y me respondió:
—No, que el viento lo tengo a mis espaldas y eso tal vez me delate; ella puede percibir mis olores, y debo evitarlo. Esa yegua es muy astuta, muchachos, está bien entrenada, y ese cabrón de Alberto Moya la deja ahí todas las noches para provocar, porque él piensa que nadie puede «cogerla» y se acuesta a dormir confiado, tranquilo; pero él va a saber las gallinas pelás que lleva un saco, él va a saber. Fumó un poco de su pipa y, mirando al techo, nos dijo:
—Déjenme solo, mañana a las once de la noche, vengan, ya es hora de hacerlo.
Ha pasado una semana, el tiempo justo que dediqué a esta operación y no puede pasar un día más. ¡Ah!, y silencio, todo en secreto.
Nos vimos a esa hora. La noche era clara. Él estaba desnudo, había embadurnado su cuerpo con aceite (menos los pies y las manos) y tenía en su pecho un peto de yagua, como los que usan los quechers. Me dio un cartón con letras escritas y un pedazo de alambre para que lo llevara, y me dijo:
—No lo leas, no lo leas, y vamos.
Llevaba una soga en sus manos, corta, en forma de lazo, y nos advirtió:
—Si van a hablar tiene que ser muy bajito, fíjense bien en lo que van a ver, ustedes son testigos.
Menos mal que el viento es favorable.
Arrastrándonos, nos situamos a casi tres metros de la yegua y esperamos a que volviera grupa a nosotros.
—Cada cinco minutos levanta el rabo, mi observación no me falló, eso está cronometrado —nos dijo.
Yo me quedé perplejo y me acordé de Cheo Crica cuando me aseguró que Juan podía resolver el problema. La Luna se ocultó. Juan cerró los ojos y estuvo un rato callado. Cuando se puso de pie, tenía su miembro muy erecto, ¡qué poder de concentración! La yegua levantó el rabo. Corrió hacia ella con el lazo en la mano, dio un salto, clavó sus dedos pulgares e índices de los pies en las corvas del animal y la enlazó. La yegua fue sorprendida, tiró mordidas, patadas, trató de quitárselo de arriba, pero él se sostenía del lazo y de las corvas. La penetró y comenzó a moverse, se movía con mucha rapidez. La yegua dejó de resistirse, comenzó a mover sus ancas y lanzó un relincho.
—Es un relincho de satisfacción, muchachos —gritó, y comenzó a moverse con más rapidez aun.
—Ahora la estoy castigando, muchachos —dijo muy alegre.

La yegua dejó de moverse, él se afincó en sus corvas, saltó, y quedó montado en ella y le dio un paseo por el lugar del encuentro. Me pidió el cartelito, le puso el alambre y lo colgó del cuello del animal. Lo felicitamos, quisimos darle un abrazo; pero era mucho el aceite que llevaba en el cuerpo. Fuimos hasta el arroyo, se limpió con un trapo y luego se bañó. Después volvimos al varaentierra donde recogió su maleta, montó en su caballo, y nos dijo:
—Si alguien pregunta lo que pasó esta noche, ustedes le dicen que sufrí varias patadas, que la yegua por poco me mata, y que desistí, que no lo logré, y así no van a buscarme más. Esta es la última vez que hago esto, muchachos. Y se fue. Por la mañana, cuando Alberto fue a buscar su yegua, y vio el lazo y el cartel que le pendía del pescuezo, y lo revolcado que estaba el terreno, se horrorizó, y más aun cuando leyó:

ALBERTO, ¡QUÉ TEMPLÁ LE DI A TU YEGUA!
Y LA MONTÉ TAMBIÉN.
EL GARAÑÓN

La tradición de los Moya, que venía desde mediados del siglo XIX, se había roto y, como Martínez Campos, Alberto se sintió tan humillado que abandonó la zona, sin que hasta hoy se sepa de él. «¡Ni una yegua más, coño!», dijo el Viejo Pepe Moya, y desde entonces en su familia comenzaron a criar caballos.

(1) Relación sexual de personas con animales.

(2) Magdalena Menasset Robascalla, Esther la Rusa. En 1954 se radicó en Baracoa, donde construyó el hotel Miramar.
Allí se hospedó —entre otras personalidades— Alejo Carpentier. Tras la muerte de esta célebre señora (5 de septiembre
de 1978) el inmueble se empezó a conocer como Hotel «La Rusa».

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